Ministro de Cultura


Por Álvaro Acevedo. Fotografía de André Viard

Curro Vázquez, en calidad de nuevo Premio Nacional de Tauromaquia, es un caso único en la historia de los galardones a toreros retirados. El reconocimiento, aunque por lógica y hasta por respeto tiene en cuenta su trayectoria, es consecuencia directa del festival homenaje a Antoñete, donde su esplendorosa faena a un utrero de Garcigrande marcó la mañana y hubiera marcado lo que quedaba de otoño de no ser por el bombazo vespertino de Morante.

El arte de torear es un arte vivo, evoluciona y surgen incluso nuevos estilos, mas en todo progreso nos dejamos algo atrás. Los nuevos aficionados jamás deberían perder las referencias, pero para eso es obligatorio tener cultura taurina. Saber de toros no es recordar el día que tomó la alternativa Pacomio Peribáñez, sino entender el toreo de otras épocas, conocer a los maestros antiguos, saber cómo toreaban y a qué tipo de toros. Descubrir que lo anterior pudo ser tan bueno o mejor que lo de ahora. Y darse cuenta de que, para que los toreros de hoy se pongan donde se ponen, antes ha habido otros que se han dejado mucha sangre y hasta la vida en el ruedo.

Las nuevas generaciones que se deleitaron con la faena de Curro Vázquez aquella mañana de ensueño, con sus maneras exquisitas, con el sabor de su toreo, con la tersura de su muleta… quizá desconocían que, el día de su alternativa, un berrendo de Barcial le destrozó el muslo en Vistalegre. O que, en ese mismo ruedo de Las Ventas, muchos años después, un toro de Charco Blanco le partió la safena y los salpicones de sangre llegaban al techo del pasillo que llevaba a la enfermería. O sea, que fue capaz de torear así con más de setenta años en el mismo sitio donde estuvo a punto de morir.

La diferencia entre lo clásico y lo que no lo es radica en que lo primero jamás pasa de moda. Hay toreros en activo que lo que hacen ahora ya no les valdrá dentro de cinco años, pero por ejemplo, el par al quiebro de Gallito en la plaza vieja de Madrid sería hoy aclamado como lo fue hace más de un siglo. El toreo de Curro Vázquez aquella mañana de Las Ventas fue un momento histórico de primer orden, un hallazgo artístico que unió durante diez minutos mágicos a varias generaciones de aficionados. Una colosal lección no ya de tauromaquia, sino también de cultura. Nada más que por eso deberían nombrarlo ministro de la cosa, y que podamos verle la jeró al patán de Urtasun cuando le traspase la cartera.   

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