La huella de Alfonso

Hay imágenes que se quedan para siempre, como si la tarde hubiera querido conservarlas en su propia luz.
De Alfonso Vázquez, mayoral de Fuente Ymbro, me queda sobre todo una: montado a caballo, con esa elegancia natural que no se aprende, guiando el campo como quien conduce una historia que conoce de memoria.


Por Mauricio Berho

Recuerdo una tarde en la que Finito de Córdoba toreaba a campo abierto, la vaca rompía hacia adelante y Alfonso, con una serenidad que imponía respeto, acudía tras ella. Había algo en su figura , la verticalidad, el dominio suave de las riendas, el equilibrio entre firmeza y calma, que lo convertía en una estampa de campo puro, limpia y templada. Destacaba sobre el horizonte como un símbolo antiguo, claro y rotundo, recortado contra el oro de la tarde.

Esa presencia no era casual: estaba en la mirada, en el porte, en sus silencios, en la forma de tocarse el sombrero. Quien lo vio en un día de faena, en un herradero, en un tentadero, o incluso en una mañana de cacería, sabe que tenía una manera única de habitar el campo, sin estridencias, sin querer brillar, pero brillando siempre.

Y lo mismo ocurría en las ferias. Caminaba por los corrales con la misma dignidad con la que un ganadero pisa el ruedo vacío antes del sorteo. Era un hombre admirado y respetado, no por buscarlo, sino porque su sola manera de estar lo decía todo: trabajo, inteligencia, afición y una lealtad absoluta al toro y a Ricardo Gallardo, su ganadero y amigo.

Entre ambos existía una comunión profunda, nacida del respeto mutuo y del amor compartido por el toro bravo. Juntos levantaron un hierro emblemático, Fuente Ymbro, capaz de escribir algunos de los capítulos más intensos del campo andaluz y de las grandes ferias de España y Francia. El uno soñaba el toro y el otro lo comprendía; así forjaron, día a día, una estirpe que hoy es sinónimo de bravura, clase y verdad.

Quizá por eso su figura permanece, porque, más allá del oficio, Alfonso Vázquez tenía esa rara condición de los hombres verdaderos del campo: cuando pasaba a caballo, la escena se ordenaba alrededor de él. Esa imagen, esa estampa limpia, austera y luminosa, es la que muchos llevaremos siempre en la memoria.

Hoy pienso especialmente en sus hijos, en Pauline y en Ricardo Gallardo, que continúan su legado bajo esa misma luz de la tarde en la que aún parece dibujarse, intacta, la figura de Alfonso.

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