Los días que no hay toros en Soria
Un natural del matador de toros soriano Rubén Sanz.
Por Pablo García-Mancha / Fotos: Carmelo Bayo
Al margen de todas las periferias. Un tipo estrafalario que sueña. Porque sueña no lo está. A veces le asalta la duda. Jamás le vence. Se diría de él que es Simón del Desierto, aquel personaje de Luis Buñuel que vivió durante años sobre una columna para alejarse del mundo y de paso acercarse a Dios. Pero donde está Rubén Sanz no hay nada más que él. Ni Dios. Se encuentra en el fondo del precipicio, en el abismo último en el que vive tan ricamente asido a su capote, pegado a su muleta, soñando que se lo hace a un toro en el vacío en el que se encierra para que no venga nadie a molestarle. Nadie. Ni una langosta ni un lagarto que habite las grietas resecas que no son capaces de destruir la columna desértica desde la que se libera Rubén de los fantasmas habituales.
Rubén Sanz no tiene nada. No es nada para ellos. Ni una mota de arenilla calcinada del páramo. Pero Rubén sueña, soñó y soñará. Y vive como sueña. En torero. No es otra cosa que torero. No torea pero es torero. Torero con la melena que llevaba Van Morrison en los clubs de Dublín hace cuarenta años. Rubén no sabe quién es Van Morrison. Ni le hace falta saberlo. Rubén vive en Soria. Es posible que Van Morrison no tenga la menor idea de que Soria existe y allí torea Rubén todos los días menos el día que hay toros. Curiosa paradoja. Alguna vez ha toreado cuando hay toros y le ha crujido el alma. Pero han sido las menos de las veces.
El día que hay toros en Soria pretenden que Rubén se convierta en argonauta. Como si cambiar de piel, cosa habitual en lagartos y langostas, fuera una habilidad propia de un torero que no torea pero que torea todos los días sin hacer el paseíllo, sin el tararí y sin la prosodia bella del ritual que tanto le gusta. Nieva en Soria. Y allí está Rubén. En el redondel. Estoico y descabellado a la vez. Buscando ese más allá que jamás va a encontrar porque aunque viva en el fondo del abismo sabe que si no hay búsqueda no hay vida y si no ha vida no hay toreo. Y así pasan los días. Con Rubén clamando en el desierto. Con su capote, con su muletilla, con su melena que ahora frisa con los mil tonos grises de su cabello al viento.
No te preocupes Rubén. Las langostas y los lagartos no aúllan. Sólo se arrastran. Ni te rozan la muleta como los pitones de esos toros imaginarios que lanceas con tu donosura los días que no hay toros en Soria. No vayan a verle en Soria cuando haya toros.