Por Álvaro Acevedo
Había, yo creo, un sello en la personalidad de Antonio Vázquez Ruano (Linares, 1951 – Urda, 2026): el de estar siempre en su sitio. Quizá como don genético, las maneras de su hermano Curro en la plaza eran las de Antonio andando por la vida, impecable y templado. Su apariencia de hombre elegante y limpio nos venía a recordar que un señor, como un torero, ha de serlo y parecerlo.
Como todo en él era categoría y como el destino juega a veces limpio, en su camino le puso al torero exacto, Pablo Aguado. Las formas dentro y fuera de la plaza de aquel muchacho eran las que necesitaba Antonio para moldear su obra maestra. En manos de un cenutrio o un mercachifle, Pablo sería hoy como un diamante engarzado en latón. En las suyas, ahí lo tenéis, el torero de más vitola de la nueva hornada.
En su figura, la palabra «taurino» alcanzaba su verdadero significado, es decir, no un cualquiera que anda por aquí estorbando. Antonio era un perfecto conocedor de todas las aristas de este mundo de los toros: negociador exigente y a la vez cortés, impagable veedor de toros, exquisito aficionado, consejero sabio y fantástico estratega. En síntesis, un apasionado de la tauromaquia.
Hablar de toros era una de sus debilidades. «Me voy a poner a tu lado», me dijo en Santander la última vez que compartimos mesa y mantel con una docena de amigos. Hasta la hora de irnos, y con ese tono de voz medido y pausado, no dejó de contarme cosas mientras yo me peleaba con las nécoras. Luego la sobremesa fue corta: los demás nos íbamos a los toros y él tomaba un taxi hacia el aeropuerto. A la mañana siguiente, como este maldito miércoles de octubre, tenía que ver unos toros de Cuvillo en el campo. El destino también juega sucio algunas veces. Así es Antonio, tu torero ya ha aprendido a pegar los pases de pecho.