La antropología del límite
Texto y fotos: Maurice Berho
Este fin de semana, en Arles, he vuelto a encontrarme con una forma de entender el toreo en la que la entrega deja de ser una consecuencia para convertirse en una manera de estar frente al toro. La he visto en Juan Leal y Andrés Roca Rey, dos toreros que parecen asumir el riesgo no como un elemento añadido a su tauromaquia, sino como una condición necesaria para llevarla hasta sus últimas consecuencias.
En ellos hay algo que va más allá de la exposición. Una voluntad de entregarse por completo, de llevar el cuerpo, el valor y el compromiso hasta ese lugar en el que ya no queda espacio para la reserva. Un lugar en el que el torero deja de administrar el riesgo para aceptarlo plenamente, hasta convertir esa aceptación en una forma de expresión. Como lo expresó en su día Paco Ojeda, el torero que revolucionó el toreo: «Invadir los terrenos que queman».
Y quizá sea precisamente ahí, en esa entrega definitiva, donde comienza esta reflexión sobre la frontera.
Existe en el hombre una frontera que ningún aprendizaje consigue borrar del todo: la del instinto de supervivencia. Esa voz profunda, anterior incluso al pensamiento, que nos ordena alejarnos cuando el peligro se aproxima demasiado, proteger el cuerpo, conservar la vida. Todo ser humano la conoce. El torero, sin embargo, construye su oficio precisamente sobre esa frontera. No para ignorarla, porque sin conciencia del peligro no existirían ni el valor ni el toreo, sino para aprender a acercarse a ella, a permanecer junto a ella y, en determinados instantes, a atravesarla.
Porque la verdadera frontera no está únicamente entre el toro y el hombre. Está también dentro del propio hombre. Es la distancia que separa el instinto de conservarse de la voluntad de entregarse. Y quizá toda la grandeza del torero consista en saber dónde está esa línea, en conocerla perfectamente y, aun así, ser capaz de dar un paso más.
Y aquí me permito una pequeña licencia con el lector. Mi amigo y compañero Álvaro Acevedo, con quien, entre otras cosas, comparto desde hace ya tiempo la aventura de haber fundado Diario de Tauromaquia, discrepa conmigo en esto. Y no deja de tener interés que sea precisamente él quien me lleve a matizar esta reflexión. La amistad, al menos como yo la entiendo, no exige pensar lo mismo. Al contrario, permite discutir, disentir y seguir caminando juntos, aunque en lo fundamental estamos de acuerdo. Álvaro, que, la verdad sea dicha, pocas veces se ha acercado a estos menesteres como torero, entiende que no solo en esas proximidades extremas existe el riesgo de poner en peligro la integridad del torero. Y creo que tiene razón en algo esencial: cada tauromaquia engendra su propio riesgo. También cada torero, en su manera de torear y de asumir el compromiso, puede acercarse a sus propios límites. La frontera, por tanto, no pertenece exclusivamente a quienes físicamente se sitúan más cerca de los pitones. Cada torero la encuentra en un lugar distinto.
Juan Leal y Andrés Roca Rey parecen buscarla de una manera especialmente desnuda, llevando el cuerpo y el compromiso hasta ese límite. Pero la frontera también puede alcanzarse desde una tauromaquia aparentemente menos física, pero igualmente extrema en términos de expresión, riesgo y entrega. No se trata de no tener miedo. Al contrario. Solo puede existir valor cuando la posibilidad del daño está presente y es consciente. Lo extraordinario sucede cuando, durante unos segundos, esa conciencia deja de gobernar el cuerpo.
Es entonces cuando el toreo alcanza otra dimensión. Cuando desaparece el engaño, cuando la tela deja de interponerse entre el toro y el hombre, desaparece también la última distancia que permitía cierta protección. El torero parece decirle al toro, sin palabras: aquí estoy. Ya no puede haber engaño entre nosotros. Ni distancia prudente, ni artificio, ni posibilidad de esconderse detrás de la muleta. Solo dos cuerpos frente a frente y una verdad que ya no admite intermediarios.
En ese instante, la frontera se vuelve casi invisible. El torero no deja de querer vivir, pero durante un momento acepta que su propia conservación deje de ser el centro de su pensamiento. Y ahí aparece algo difícil de explicar con palabras: una especie de abandono de sí mismo. El cuerpo, que normalmente pertenece al instinto de supervivencia, se pone a disposición del riesgo. El hombre deja de pensar en protegerse para entregarse por completo a aquello que está sucediendo.
Es entonces cuando el torero se convierte, casi, en un antropólogo de la existencia. Explora con su propio cuerpo territorios de la vida a los que la mayoría de los hombres nunca se acerca. Conoce esa frontera no desde la teoría, sino desde la carne, desde el miedo, desde el dolor, desde la posibilidad real de perderlo todo. Y cuando lleva su expresión, su valor y su diálogo con el toro hasta el límite, hace aflorar algo que normalmente permanece oculto en nosotros: esa zona extrema en la que el hombre deja de calcular, deja de protegerse, deja incluso de pertenecerse por completo.
Quizá ahí resida una de las razones más profundas por las que el toreo puede conmovernos. El torero vive, de algún modo, algo que nosotros no nos atrevemos a vivir. Se acerca a ese punto inalcanzable para el común de los mortales, donde la vida se vuelve más consciente precisamente porque puede dejar de serlo. Y en ese instante, cuando ya no hay engaño entre el toro y el hombre, cuando la distancia se reduce hasta casi desaparecer, el torero no solo está dialogando con el animal: está interrogando a la propia existencia.
Por eso esa frontera no es únicamente la del peligro. Es la frontera entre vivir y sentirse vivo, entre conservarse y entregarse, entre saber que la muerte existe y aceptar mirarla de frente sin apartar la mirada. El torero llega allí y, durante unos segundos, nos muestra algo de nosotros mismos que normalmente permanece escondido. Algo que quizá no sabríamos nombrar si no fuera porque él lo hace visible con su cuerpo.
Y quizá por eso, en determinadas ocasiones, el toreo deja de ser solamente una técnica, una estética o un espectáculo. Se convierte en una experiencia humana radical. El mismo abandono que puede producir un instante de absoluta belleza puede conducir, en una fracción de segundo, a la herida, a la tragedia, incluso a la muerte.
Y es precisamente esa posibilidad la que confiere al gesto su dimensión heroica. No porque el torero busque morir, sino porque acepta poner su vida en juego para alcanzar algo que está más allá de la simple supervivencia.
Una verdad que solo existe cuando ya no queda nada entre el hombre y el toro. Una verdad tan frágil como ese espacio mínimo que los separa, y tan absoluta como el riesgo de perderlo todo.