EL SENSATO INCONFORMISTA
(CULTURA Y TOROS)
Por José Carlos Arévalo / Ilustraciones: Humberto Parra
(Muchas veces se afirma que los toros, la tauromaquia o el toreo, llámenlo como ustedes quieran, son cultura. Pero, como las cosas no acaban de calar en toda la gente, en diez cortas entregas voy a tratar el toreo como un hecho cultural. A lo mejor convence).
No busco para los actuales toreros del temple el antecedente de los desaparecidos caballeros templarios de la cristiana Orden del Temple. Sería un error. Nada les une a aquellos caballeros que, además, empezaron con mal pie: creyeron haber fundado su orden en el mítico templo del rey Salomón, que en realidad era la mezquita de Al-Aqsa; y terminaron peor, asesinados por sus hermanos cristianos. No, yo llamo templarios a los toreros actuales del temple. Y lo aclaro. Para la cultura taurina, templar es detener el tiempo del toreo, deleitarse en el mando y que el toro lo entienda, que su arisca acometida se convierta en cadenciosa embestida, que el torero se ensimisme y el toro se contagie, que el bello trazo del engaño se niegue a morir. Como dicen los aficionados, templar es que el toreo pare los relojes.
Hace ya unos cuantos años, una noche taurina, cerquita de Despeñaperros, en el oasis torero de Guarromán, en el taurino restaurante de Paco Haro, entonces Paquito, hoy don Francisco, cenaban Antonio Ordóñez y Paquirri. Para el maestro de Ronda, templar era detener la embestida, embelesarla; para el maestro de Zahara de los Atunes, era someter al toro y acoplarlo sin que el tiempo importe.
Los dos conceptos entrañaban buen toreo. Pero yo me inclinaba y me inclino por la idea ordoñista del temple. Creí en ella la vez que vi a Ordóñez parar de salida a un toro embalado al que serenó un toque sutil antes de tomar el frondoso capote rondeño, que lo envolvió, yo diría que lo abrazó para que dejara impreso en el lienzo el rostro de su bravura. Pero también he visto a Morante, que templa por los dos palos, rociar de gracia la ligereza de un lance muy acompasado. Pero es que Morante es un genio, que lo mismo lancea por bulerías que susurra la verónica gitana como una serrana alargada, como una playa de desgana, que diría el poeta montañés.
El temple más puro, el más esencial, el de valor despierto y miedo dormido, el temple inspirado por el ángel, tiene un solo dueño, y se llama Juan Ortega. Es un temple iridiscente, límpido, sin pecado alguno, de amanecida. Los oles que lo acompañan no jalean: comulgan con el toreo. Sus verónicas, sus naturales, no admiten adjetivos: son la belleza sin atributos, la verdad desnuda. Juan Ortega no se parece a nadie, ni se le parece nadie. Es el torero que torea más despacio, que mejor compone sin componer. Y es el torero que nunca miente al toro. Siempre lo torea con la verdad puesta en el engaño.
Pero Daniel Luque solo se parece a sí mismo. No pudo nunca imitar a nadie porque desde que nació sabía torear. Yo le vi por primera vez en México, en casa de los Martínez. Era un crío y me pareció Paco Camino. En la destreza, porque el trazo era suyo. Hay gente que solo se parece a sí misma. Ya entonces el Dani era un gran torero. Pronto volvió a Daniel, su nombre natural. Lógico: salvo a El Viti, a los grandes no les va el diminutivo. Grande es el temple de Daniel Luque. Y poderoso. Y sutil. Pero yo no lo puedo explicar. No sé por qué el toro con sentido se le entrega, por qué el que no embiste persigue su engaño hasta el final, por qué adormece al toro con muchos pies, por qué lo templa en la primera verónica. Una tarde, en Aranjuez, frente a un toro torpón que no había nacido para embestir, le hizo pasar. Y la banda, sorprendente, tocó la música... ¡una marcha procesional! El torero giró su mirada al palco y despacio citó al toro. Y el natural fue catedralicio, hondo, purísimo. Dio los naturales de uno en uno, al redoble del paso. Un éxtasis nazareno invadió la plaza del Real Sitio. Fue una faena de temple sagrado. Fue el Concierto Sevillano de Aranjuez. Y ahora, una confesión: pienso que Daniel es el mejor torero del escalafón. No sé, no sé... quizá Morante... No sé, no sé.
Quien sabe lo que hace es Pablo Aguado... Va por libre. Torea por Sevilla porque es sevillano de Sevilla. Pero no es un torero étnico, provincial, local. Es un torero universal. Porque pienso en Rafael el Gallo, sevillano de Madrid, o en Antonio Bienvenida, sevillano de Caracas, o en Chicuelo y Pepe Luis, sevillanos de Sevilla. Qué más da... Cuando veía torear a Pablo Aguado, evocaba a cualquiera de ellos. Ya no. Desde hace dos años, ya no. Aunque se podría admitir que Aguado es un pacto entre el donaire picante de Pepe Luis y la naturalidad elegante de Antonio Bienvenida, hace dos temporadas que Aguado solo está influido por Aguado. Fue entonces, según lo que yo le he visto, cuando entró en el gran salón del temple. ¿Y cómo es el temple de Pablo? Íntimo y espacial. Íntimo porque perfuma el trazo del toreo cuando el toro está dentro de la suerte, y espacial porque Pablo torea antes de torear, torea cuando está reunido con el toro y torea cuando se va del toro. Y es en ese momento cuando las plazas se convierten al aguadismo, una enfermedad estética incurable.