El gran picador Pedro Iturralde

Pedro Iturralde, picando el pasado viernes en la plaza de toros de Las Ventas.

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo / Foto: Plaza 1 / Ilustración: Humberto Parra

El pasado 10 de octubre, en el marco de la Feria de Otoño, se dio una novillada que iba a ser lidiada por un solo matador, Álvaro Serrano. Pero el tercer toro —digo bien toro, pues en Madrid los novillos tienen trapío y romana de toro, excepto por los cuernos, que se exigen más amplios en las corridas— acabó con el empeño del joven espada, al que infirió una cornada grave, pero limpia, de 20 centímetros en el muslo derecho.

¿Se redujo entonces la tarde a las nulas prestaciones de dos sobresalientes no preparados para su eventual actuación? Realmente, así fue. Pero el incuestionable fallo de los organizadores del festejo no se les puede imputar, pues todos, absolutamente todos los gestores del toreo, lo habrían cometido. Y el tema tiene interés para ser tratado por los auténticos aficionados al toreo. Estos saben, o debieran saber, que la evolución de la lidia engrandeció paso a paso la figura del matador, a medida que decrecían las prestaciones del subalterno de a pie.

El primero que empezó a marcar la diferencia fue el utrerano Curro Guillén, quien, sin embargo, no suprimió la brillantez unida a la eficacia de sus subalternos, lo que no mermó su protagonismo casi absoluto en los tres tercios. Pero, en las pocas ocasiones en que picaba a los toros, oficio en el que también destacó, se abstenía de torear a pie. Con respecto al toreo de capa y con las banderillas, se puede afirmar que el último en consentir y beneficiarse de ello fue Fernando el Gallo, padre de Rafael y de José, cuando alistó en su cuadrilla al joven e imparable Rafael Guerra, «Guerrita», quien, tiempo después, cuando era el dueño del toreo, sufragó el alquiler de la casa de su veterano y ya anciano matador en Gelves, de la que era propietario el duque de Alba.

Estas líneas no pueden ni pretenden resumir la historia, jamás contada, del picador en el siglo XX. Pero hay dos nombres, a mi modo de ver, que enmarcan el devenir de esta suerte desde principios del siglo pasado a principios del actual. Son los de Agujetas, que se retira en 1913 en Las Arenas de Barcelona, picando en solitario cuatro toros sin que le hiriesen un solo caballo; y Miguel Atienza Caro, el picador que adaptó su arte a la nueva tesitura planteada por la reglamentación del peto defensivo del caballo (1928), lo que le permitió torear más a caballo en el cite, la ejecución y la salida de la suerte, y también inventar la denostada carioca, muy eficaz y torera con los toros mansos y los mansurrones renuentes al caballo.

Valga esta brevísima introducción para comentar la suerte de varas interpretada por Pedro Iturralde el día 10 de los corrientes en Madrid, en el quinto novillo. Fueron dos puyazos: el primero, muy cruzado a pitón contrario, al que acudió el vibrante mansurrón casi al encuentro, duró unos veinte segundos. La puya, como si no tuviera tope entre la pirámide y la base, entró, instantánea, hasta la cruceta. Y allí permaneció unos veinte engañosos segundos, en los que se mantuvo fija, sin provocar los escozores que produce la recarga o la puya en movimiento, mientras el caballo se resentía de la violencia del encuentro o se acalambraba en los cuartos traseros. El cornudo aprovechó esta circunstancia para volver, derribarlo y huir. Y ahí el toro cantó la gallina.

Y, en efecto, rehuyó varias veces al caballo hasta que Iturralde, con valor torero, se fue al encuentro del mansurrón y traspasó las dos rayas, al tiempo que su brazo derecho cazaba al toro e introducía con fuerza la puya en el sitio exacto: arriba, un pelín delantero. Mientras, los silbidos atronaban la plaza, ignorantes de que fueron los propios picadores quienes, a principios del siglo XX, solicitaron el dibujo de la primera raya para que se les prohibiera picar más allá de la frontera que marcaba, dado el peligro que supone hacerlo en las afueras. La acción tuvo aún más mérito, dado el vigor del toro y la endeblez demostrada de un caballo con la culata dañada.

Sinceramente, los «catedráticos» defensores de la suerte de varas, que sobre todo ocupan los tendidos 7 y 6, me dejaron pasmado. No pudieron observar la monta de este excepcional jinete en los pocos pasos que, desde hace unos años, da el picador para entrar y salir del ruedo en la plaza de Las Ventas, desde que los «puretas» fueron obedecidos por la autoridad y se decidió que siempre se picara a «contraquerencia». ¿Qué dirían los tres Antonios —Bienvenida, Ordóñez y Antoñete—, tan inclinados a mover el caballo de sitio para ahorrar capotazos con el toro renuente? Ellos sabían, como lo sabe Iturralde, que la lidia en la plaza urbana está al servicio del toreo, así como la lidia en el tentadero está al servicio de la bravura.

Me cabreó ver salir del ruedo entre pitos al mejor jinete de la primera fila de picadores, una nómina torera tan ignorada como ignorada es la gran reforma, todavía no terminada, que constituye el nuevo caballo «profesional» de picar: una revolución silenciosa, aún no concluida, que se inició en la cuadra de Peña, pero que ha llevado a cabo Bene Cedillo con la cuadra Equigarce.

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Galería fotográfica del 7º festejo de la Feria de Otoño