El extraordinario (y extraño) caso de Adrián de Torres

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo / Foto: José Luis Cárdenas / Ilustración: Humberto Parra

Ahora que termina la temporada y los periodistas tenemos la costumbre de hacer balance del año taurino, de sentenciar como respetables cronistas que la Fiesta va mal, lo que nos da credibilidad, y, sin embargo, aseguramos a los aficionados que hay uno, dos o tres toreros que la salvan con su toreo, yo me cruzo de por medio y les digo: borren de su pensamiento taurino una verdad tan confortable. No es legítimo jerarquizar la Fiesta si un torero, no sé si el mejor, pero sí el que mejor torea, está sentado en su casa. Y por eso me arrogo el derecho de enviarles el siguiente mensaje:

 «Este año, yo, quien firma y suscribe estas líneas, afirmo haber visto torear a un matador absolutamente desconocido para mí, del que nadie me había hablado jamás, y que, en los escasos 20 minutos que duró la lidia de su primer toro, me dije: “Estoy viendo a un torero que torea tan bien o mejor que el mejor torero que haya visto en mi vida”. Y me respondí: “¿Y si no fuera verdad lo que entonces vi y lo que ahora digo?”. Y sentí un inesperado resquemor, que rechacé sin contemplaciones.

Pues si digo ahora lo que pienso es porque jamás rechazo lo que pienso y siento en la plaza. Y lo que pienso del diestro llamado Adrián de Torres, a quien no había visto en mi vida y de quien no tenía la menor referencia, una vez que le vi torear el pasado mes de septiembre en la plaza de Villacarrillo, provincia de Jaén, lo afirmo sin ambages para que a quien ahora me lee no le quepa la menor duda: Adrián de Torres, el desconocido torero de Linares, puede ser el caso más extraño de este extraño mundo taurino, tan injusto y estimulante como la vida misma. Para empezar y para terminar, tiene la mano izquierda de Antoñete y la mano derecha de Antonio Ordóñez».

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