La verónica de Borja Jiménez
EL SENSATO INCONFORMISTA
Por José Carlos Arévalo / Foto: Miguel Calçada / Ilustración: Humberto Parra
En la verónica, con la capa; y en el natural y el redondo, con la muleta, está todo el toreo. En las demás suertes también hay toreo. Pero no todo el toreo. El genio popular dio el nombre de la santa Verónica a la verónica porque en un solo lance nos da dos revelaciones: en su lienzo deja el toro estampada la faz de su embestida y el torero nos dice quién es. No conozco un solo buen veroniqueador que sea un mal muletero, pero hay buenos muleteros que no son nadie a la verónica.
Esto lo pensé hace unos días en la Plaza ‘Félix Colomo’ de Navalcarnero, un pueblo de la provincia de Madrid, instantes después de que Borja Jiménez diera cinco lances a la verónica.
¿Cómo fueron esos lances? Yo sólo puedo decir lo que vi. Se abrió la verónica de Borja como una puerta cristalina que acoge la embestida. Su mano derecha, la que torea, esculpió en el aire el elegante velo rojo de un capote terso, sin mácula ni pliegue alguno, sin que la violenta entrada en fuego del toro atrapara el cincelado trazo de la capa. Y es que la mano izquierda, la que sostiene el lance, había sujetado la embestida y, muy fajada la ciñó al cuerpo, la puso a las órdenes de una capa envolvente, luminosa, muy torera.
Así empezó la primera verónica de la serie borjiana, fragante y cincelada, con un pellizco fuerte en el embroque, con una magistral armonía entre el brazo que torea la embestida y el brazo que la ata. Fueron cinco lances algo rapiditos, pero el temple los acoplaba con un ritmo acompasado y un bellísimo dibujo de la suerte.
Tan difícil y sincopado tempo hace de este naturalísimo y sofisticado lance el juez que aprueba o discrimina a los toreros, y nos reveló la identidad artística de este joven diestro, dueño de un toreo deslumbrante, erróneamente catalogado como valeroso y esforzado. La verónica divide en dos a los toreros: los artistas cabales, que son sus dueños, y el resto de los espadas, para quienes el secreto de la verónica permanecerá oculto para siempre.
Después de aquellos cinco lances miré de otra manera su faena de muleta. Y la vi más inspirada que guerrera. Tenía, sí, la vibración encastada del torero joven hambriento de triunfos, pero en el trazo de todas las suertes hubo un "deje", esa huella, esa sustancia que sube del ruedo al tendido y que no es otra cosa que el arte de torear. No hubo, es cierto, la gran faena. No podía ser. Esa tarde, el ganado era un saldo impresentable de toros de distintos hierros. Pero en medio de aquella limpieza de cerrados hubo un gran toreo de muleta, y regresó la verónica, la gran señora del toreo, el sagrado lance revelador en el que el toro deja impresa la faz de su embestida y que, al menos en mi caso, me descubrió quién es y quién puede ser Borja Jiménez.
Una aclaración. ¿A cuento de qué viene este hagiográfico comentario sobre el toreo de Borja Jiménez? Quienes me conocen saben de mi desprecio sobre la prudente y cobardona frialdad de la actual información taurina. Me gustaban los valientes y apasionados críticos de antaño, cuyo prestigio, libre de toda sospecha, forjaba una afición libre y apasionada, no los tendidos actuales, formales y fríos, aburridos y respetuosos como si estuvieran llenos de turistas recién llegados del frío. Por el contrario, la tarde a que me he referido me dio dos lecciones:
La primera, el desinhibido público de los pueblos, su ole franco y espontáneo, su no querer parecer lo que no se es, su saber estar en la plaza. Y la segunda, que la verónica, la reina del toreo, me permitió ser testigo de cómo dejó entrar en su reino a un joven espada llamado Borja Jiménez.