Aspereza frente a juventud
Jesús Romero, Mariscal Ruiz y Pedro Andrés estrellan sus ganas ante una novillada deslucida de Sánchez Herrero y López Gibaja en una tarde de frío, silencios y avisos.
Por David Jaramillo / Foto: Plaza 1
Ficha: Madrid. 12 de abril. Novillos de Hnos. Sánchez Herrero y dos, 4º y 6º, de López Gibaja. Serios en su dispar presencia y escasos de raza y fuerzas en términos generales. Jesús Romero, silencio tras aviso y silencio. Mariscal Ruiz, silencio tras aviso en su lote. Pedro Andrés, silencio tras aviso en ambos. Jesús Romero y Pedro Andrés se presentaron con "Princes", nº 8, y "Mogón", nº 19, respectivamente.
Poco duró la tregua del buen tiempo en Madrid. Como si la primavera fuera un espejismo, el viento y el frío regresaron a Las Ventas para reinstaurar esa "normalidad" de los domingos de novillada: un cuarto de entrada, bufandas en los tendidos y una atmósfera de exigencia (¿o apatía?) muda. Pero más allá de la meteorología, lo que marcó la tarde fue una carencia más profunda. En el ruedo se vio una tauromaquia académica, pulcra en las formas, pero huérfana de esa intuición torera necesaria para leer lo que los animales pedían a gritos. Es cierto que la experiencia se adquiere toreando, pero hoy en el coso capitalino se echó en falta ese instinto que separa la formalidad de la proyección.
La novillada, un envío desigual de Sánchez Herrero y López Gibaja, no puso las cosas fáciles. Resultó, en líneas generales, un encierro deslucido, áspero y con poquísimas opciones de lucimiento real. Eran animales para "poderles", para entender sus inercias y corregir sus defectos antes de que estos se hicieran dueños de la escena con sus carencias.
Jesús Romero, que se presentaba en esta plaza, fue el encargado de abrir fuego. Su actitud fue irreprochable. Al comprobar la fijeza del primero en el capote, no dudó en irse a los medios para recibirlo de rodillas con la muleta. Fue un inicio vibrante, una declaración de intenciones, pero la serie de derechazos resultó más intensa por la apuesta física que poderosa por su concepción técnica. El de Sánchez Herrero, que por momentos humillaba con ritmo al natural, terminó yéndose a su aire cuando Romero no lograba someterlo del todo. La faena se movió en un terreno de indefinición, sin llegar a romper en ese conjunto sólido que Madrid exige para entregarse. Con el cuarto, la historia fue más gris: un novillo sin fuerzas ante el que al alcarreño le costó encontrar el pulso preciso. Entre la falta de motor del animal y la dificultad del novillero para obligarlo sin afligirlo, el esfuerzo terminó dilatándose sin un norte definido y, por supuesto, sin recompensa, cuando además el uso del acero fue defectuoso.
Mariscal Ruiz llegaba a Madrid con la sombra de sus dos percances anteriores sobre los hombros. Había ganas de ver al sevillano cambiar su sino. El espigado torero banderilleó al segundo con una facilidad insultante, lo trae en la sangre, claro, pero el novillo ya avisaba desde el capote que su nobleza era mermada, más fruto de la debilidad que de la entrega. Mariscal intentó ayudarlo, dándole tiempos y distancias en un inicio por alto, pero el viento se convirtió en un muro infranqueable que impedía el trato suave que el de Fuente Ymbro requería. Hubo dos naturales aislados de gran calado, pero la faena fue una lucha constante contra los elementos y la escasa raza de un novillo que nunca rompió. El quinto fue un animal que desde el inicio planteó una guerra sorda. Mariscal apostó el resto y se fue a porta gayola para recibirlo, una papeleta que resolvió con solvencia y decisión cuando el novillo, en un gesto de pésimo estilo, se frenó justo en el embroque, amenazando con prenderlo en el segundo viaje. A partir de ahí, el de López Gibaja desarrolló un comportamiento deslucido y áspero; le costó un mundo acudir a los vuelos y, cuando finalmente lo hacía, era para soltar tornillazos al viento con violencia. Poco pudo hacer el sevillano ante semejante material. Lo cierto es que insistió, buscó soluciones, pero el novillo nunca regaló una embestida franca ni con un ápice de clase. Fue una batalla estéril, dejando al sevillano sin opciones de sacar nada en limpio a pesar de su disposición.
La nota más agridulce llegó con el tercero. Un novillo que salió con pies. Su alegre y fijo galope emocionó, más aún cuando hundió la cara en los embroques y obedeció los toques con entregada transmisión. Había runrun, ese murmullo que recorre los tendidos cuando en la arena se cuece algo importante. Sin embargo, todo se derrumbó en el tercio de varas. Un castigo excesivo y mal ejecutado por Rafael Agudo terminó por apagar la llama del animal, que llegó a la muleta de Pedro Andrés convertido en un ser defensivo y trastabillado. El novillero vasco, que también se presentaba, optó por buscar el rescoldo de aquellas primeras acometidas y procurar el muletazo templado, casi como una cuestión de fe, en lugar de intentar encarrilar de nuevo aquellas embestidas. No era tarea fácil, pero quizás ahí se pudo esconder la recompensa.
Donde sí hubo conexión fue en el sexto. Quizás por la necesidad del público de agarrarse a algo antes de marcharse a casa, el tendido estuvo más receptivo. Pedro Andrés puso toda la carne en el asador: larga cambiada de rodillas frente a la puerta de chiqueros y variedad con el capote. Cuando el de López Gibaja empezó a perder fuelle, el novillero se afirmó de verdad en la arena, provocando los momentos más sinceros de la tarde con tres derechazos de mucho mérito. Fue un cierre digno para una tarde que, sin embargo, dejó un regusto amargo. La técnica académica estuvo presente, pero faltó esa lectura de lidia que convierte una embestida áspera en una oportunidad de triunfo. Madrid, una vez más, recordó que para mandar aquí no basta con estar firme; hay que saber entender el lenguaje secreto de los toros.
Fotografías de Mauricio Berho