Gallito ha resucitado

Histórica obra de arte de Morante de la Puebla, al que los aficionados sacaron a hombros sin cortar orejas. Triunfal presentación de Víctor Hernández. Notable faena de Juan Ortega. Debut del ganadero Álvaro Núñez con dos toros excepcionales.

Por Álvaro Acevedo / Fotos: Mauricio Berho

Sevilla. Jueves, 16 de abril. “No hay billetes”. 6 toros de Álvaro Núñez, de buenas hechuras, siendo de extraordinaria calidad 3º y 4º. El 2º, muy encastado. Morante de la Puebla, silencio y dos clamorosas vueltas al ruedo tras petición. Salió a hombros por la Puerta de Cuadrillas; Juan Ortega, ovación tras petición y silencio; y Víctor Hernández, oreja tras aviso y ovación tras aviso.

Hasta la salida del cuarto toro de la tarde todo transcurría dentro de la normalidad. No había servido el primero, arisco; toreó bien Juan Ortega en redondo, muy despacio, al segundo, pegajoso cuando iba a su aire, templado cuando se le obligaba para dentro. O sea, con raza. Y a Víctor Hernández le habían dado la oreja que no le dieron a Juan por su faena al tercero, que era una seda embistiendo, tras desgranar unos naturales magníficos, mejores cuando entre ellos le daba al animal un tiempecito.

Salió entonces el toro cuarto de la tarde, estrecho de sienes, altito, muy fino de cabos. Con mucho cuello. Se llamaba “Colchonero” y fue primero imaginado y luego esculpido lenta y prodigiosamente por Álvaro Núñez -ese otro sabio- quizá para que un día lo matara a estoque Morante de la Puebla. Apoyado en las tablas como la Fiesta se apoya en su inmensa figura, lo recibió el maestro en capotazos airosos soltándole la mano. Se iba suelto el coloraito y José Antonio lo esperaba sabiendo que habría de regresar, hasta que, recogido en los vuelos de su capote de seda en tres capotazos a una mano, buscó la raya del tercio dándole lances de clamor. Con la bamba del percal cayendo suave sobre el albero, hundía Morante el mentón en el pecho y su capote de esclavinas flojas era una ola que venía a morir en la arena. Una media recortada abrochó sus verónicas, y al apretarle el toro resolvió el trance ahora con una serpentina. Después de un puyazo el quite genial por tijerillas, dos y un recorte antiguo, hizo bullir al gentío.

Cambiado el tercio pidió el maestro las banderillas para que no le faltara ni un perejil a su irrepetible y definitiva lección de Tauromaquia. Un par al cuarteo en lo alto; otro de dentro a fuera, de poder a poder, apoyándose en los palos y saliendo en torero de la suerte; y el último al quiebro citando sentado en una silla con los pilares de la Maestranza ya temblorosos, quizá recordando siglos de historia. Del Gordito a Morante, y una vez tocados los clarines de muerte, de Rafael a José Antonio.

Porque pedían ya las orejas en el tendido cuando Morante, sentado sobre aquella silla convertida en el trono del Toreo, se ayudó por alto valiente y gallardo, rozándole los pitones su cuerpo, como preludio del último acto de su irrepetible obra de arte. Con un compás de delirio, su mano diestra recogió la embestida en redondo jugando a su son la cintura. Dos ramilletes de muletazos por ese pitón reunidos toro y torero en redondo, con una hondura cadenciosa, profunda pero sin agobios. El de pecho liviano probó el otro pitón del toro, su clase misteriosa. Y entonces, un pase en círculo convertido en natural para la historia será recordado como la vez que a Morante se le paró el corazón.

Ligó aquella locura con un molinete invertido que era la Sevilla de la gracia, y clavado en la arena y con el pecho por delante, un puñado de naturales inmortalizó la tarde para los restos con el toro de Álvaro Núñez subyugado, embaucado por la muleta lenta del gran genio. Era un toro sometido a base de caricias, templado con un cante profundo y ronco. El verdadero arte de torear. En torno a él, un repeluco sacudió al Templo y sus cimientos gritaron en silencio que había resucitado Gallito. Si Morante llega a meterle la espada, me voy.  

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