Rafa Serna no firma la paz
El sevillano le arranca la oreja a un enrazado toro de Fuente Ymbro. Grata impresión de Álvaro Lorenzo, que ratifica su buen momento.
Por Álvaro Acevedo / Fotos: Mauricio Berho
Ficha: Sevilla. 12 de abril. Un tercio de entrada. 5 toros de Fuente Ymbro, desiguales de volumen y muy ofensivos por delante. Sobresalieron el enrazado 5º y el 6º, el de mejor galope y estilo del sexteto. Y un sobrero de Murteira Grave (4º) terciado y reparado de la vista. Álvaro Lorenzo, ovación tras aviso y silencio. Rafa Serna, silencio y oreja. Molina, silencio tras aviso y silencio.
El quinto acto de la tarde fue el de la colisión entre un toro con raza y un torero con carácter, una coincidencia extraña porque salen pocos animales con ese brío a la hora de coger la muleta. Y cuando salen, es difícil que el torero de turno cruce la raya. Pero Rafa Serna venía muy mentalizado y sin contratos, ecuación de la que siempre suele salir algo positivo.
Altivo de estampa, más de Bilbao que de Sevilla, casi arrolla a Serna en la larga a portagayola con la que lo esperó cerca de chiqueros, pero luego en los capotes se le vieron cosas. El toro iba con todo a coger los engaños, y al sonar el clarín que cambiaba el tercio en banderillas sabíamos que vendería cara su muerte.
Rafa brindó al público y comenzó de rodillas una pugna bravía, valentísima, en la que puso el corazón por delante de la cabeza. De otro modo la faena hubiese sido más limpia, más técnica, más cerebral, pero quizá no le hubiera llevado al triunfo. Un puñado de tandas con los pies muy quietos, quedándose en el sitio, dejando la muleta por delante, generaron en los tendidos una mezcla entre respeto y admiración. Se comprendían los enganchones, los atropellos, pues eran fruto de la ambición. Perdiendo pasos, ligando menos, buscándole la distancia, el toreo hubiera fluido mejor, más limpio, por las buenas, pero no se trataba de firmar la paz, sino de ganar la batalla. Entregado de principio a fin, el pulso que mantuvo con el imponente ejemplar de Fuente Ymbro culminó con una estocada hasta la mano, llenándose los tendidos de pañuelos. Por fin una oreja de ley…
Ya se había arrimado lo suyo con el primero de su lote, que a diferencia del otro no tuvo fondo bueno. Sorteó Serna no pocos gañafones en una faena decidida e ingrata, pues no iba a tener reconocimiento. Tampoco valió el siguiente del sexteto, un jabonero que se rajó enseguida en la muleta de Molina. Ni el cuarto, un sobrero con estrabismo del hierro de Murteira. Pero en el primer y último toro de la corrida sí pasaron cosas.
Porque Álvaro Lorenzo había abierto plaza con un toro corpulento, quizá demasiado, al que se impuso con clase y serenidad. En este punto es donde se ve la madurez de un torero, en andar a gorrazos frente a un toro que no es ninguna broma. Anduvo tan dispuesto, tan en torero y tan seguro, que de matarlo al primer intento quizá hubiera habido premio.
El sexto, otro toro de Bilbao y hasta de Pamplona, fue mi preferido por su galope y buen estilo, especialmente por el lado izquierdo. Molina, que es un muletero muy solvente, se vio incomodado por el aire y además es que no anduvo fino, dejándose tropezar demasiado la muleta. Y como el toro tenía más bravura que docilidad, terminó descompuesto ante tanto enganchón. Entre las cosas que le faltaban por saber del toreo y de la vida, una de ellas era ésta: lo que pesa Sevilla.