El dolor de Curro Díaz y la verdad de Diego Sanromán
Emotivo tributo de Madrid a Curro Díaz, que dio una vuelta al ruedo tras lidiar con la dureza de un lote deslucido. El valor seco de Diego San Román se impuso a la falta de raza y fuerzas de un encierro de nula transmisión.
Por David Jaramillo
Ficha: Madrid. 5 de abril. Domingo de Resurrección. Toros de Martín Lorca y un sobrero, el 6º, de Carmen Valiente, serios y de escaso juego en líneas generales. Curro Díaz, ovación y vuelta tras petición. Rafa Serna, silencio en su lote. Diego San Román, silencio tras dos avisos y silencio tras aviso.
Hay silencios que pesan más que el granito de Las Ventas, y el que envolvió el final del paseíllo este domingo fue uno de ellos. No era el respeto habitual de Madrid, era un abrazo invisible, unánime y hondo a Curro Díaz. El jienense volvía a su casa con el alma en carne viva; apenas habían pasado cuarenta y ocho horas desde que Francisco, su padre, emprendiera el último viaje. Aquel hombre de piel curtida, que durante años fue una sombra discreta y fiel en los callejones, ya no estaba allí para vigilar los trastos de su hijo. Pero Madrid lo sabía. Por eso, cuando Curro rompió filas vestido de luces, la ovación no fue para el torero, sino para el hombre. Fue un rugido de “estamos contigo” que erizó la piel de los presentes, recordándonos que jugarse la vida es un acto de heroísmo, pero hacerlo con el corazón roto es, sencillamente, una heroicidad de otra galaxia.
Tras ese brindis al cielo que detuvo el tiempo, Curro se fue al tercio para intentar extraer orden del caos. El primero de Martín Lorca salió con las fuerzas justas y esa embestida rebrincada que desluce cualquier intento de temple. El de Linares, sin embargo, regaló una trincherilla que fue puro óleo, una pincelada de su concepto clásico antes de echarse la muleta a la zurda. Por el pitón derecho el toro ya avisaba, viniéndose recto desde el capote, pero al natural surgieron chispazos delicados, aunque necesariamente aislados. Fue una labor de mínimos, sobria y medida, consciente de que al toro no se le podía exigir por abajo sin que el castillo de naipes se derrumbara.
Con el cuarto la exigencia cambió de registro. El animal no regalaba nada: se frenaba, punteaba y obligaba a un esfuerzo de mando que Curro asumió con una entereza admirable. Hubo que tragar mucho, aguantar parones que helaban la sangre, pero cuando el trazo lograba volar terso, la plaza crujía. Esa conexión emocional con el tendido, forjada en el respeto mutuo, estalló tras una estocada de ley. Hubo petición, no suficiente para la presidencia, pero sí para un tendido que exigió la vuelta al ruedo; fue el reconocimiento de un pueblo a un artista herido.
La tarde entró entonces en el fango de la falta de fuerza. Tras devolverse el inválido tercero de Escribano Martín, Diego San Román se vio ante un ejemplar de cara ancha y viaje descompuesto. El mexicano se plantó en el centro del platillo para ofrecer una lección de valor seco. Se cambió al toro por la espalda con una quietud pasmosa, dejando que los pitones le acariciaran la taleguilla, pero lo importante vino después: el pecho por delante y la mano baja. Fue arrancando muletazos de uno en uno, sometiendo la desclasada condición del astado con una capacidad impropia de su corto bagaje. La faena, intensa y larga, perdió el premio por el mal uso de los aceros, pero la tarjeta de visita quedó sellada.
El cierre con el sobrero de Carmen Valiente solo sirvió para reafirmar la dimensión de San Román. Sus gaoneras en el quite fueron un monumento a la quietud, obligando a la plaza a guardar un silencio casi místico. El toro se agarró al piso, negándose a pasar, y Diego tuvo que tirar de él con una autoridad física imponente. Mucho torero para tan poco eco, pues el público de Las Ventas, tan sensible para ciertos detalles, obvió la apuesta sincera de un mexicano que apunta alto.
Por su parte, Rafa Serna intentó justificar su presencia con pulcritud, pero su lote de Martín Lorca fue un desierto de casta que terminó por secar sus opciones. El sevillano mostró escuela, pero le faltó ese punto de arrebato que exige Madrid cuando el toro no pone nada de su parte. Al final, la tarde se fue entre el recuerdo a un padre y la confirmación de que, en el toreo, la verdad siempre termina abriéndose paso.