Morante en la verbena

Medida e impecable faena del sevillano, rematada de perfecto volapié. Roca Rey, con un lote de Puerta del Príncipe, se rehace a última hora. Muy valiente y sin suerte David de Miranda. Un presidente sin rigor convierte el palco en una tómbola.

Por Álvaro Acevedo

Sevilla. 5 de abril. Domingo de Resurrección. Lleno de “no hay billetes”. 6 toros de Garcigrande (el 6º como sobrero), discretos de presencia y de juego desigual. Muy buenos 2º y 5º, y noble pero de poca duración el 4º. Morante de la Puebla, silencio y dos orejas, la segunda levemente protestada. Roca Rey, insignificante división de opiniones y una oreja con moderada petición de la segunda. David de Miranda, silencio y oreja.


Concluidos los lances profundos de Morante de la Puebla al cuarto toro de la tarde, ya a nadie le quedaban dudas de que si el maestro no hubiese querido reaparecer, alguien tendría que haberlo obligado. A punta de pistola, de ser preciso.

Acompasó su capote a la embestida del toro, que cogió los vuelos con buen aire, y en una de las verónicas, quedándose el animal parado y José Antonio con el lance hecho, en vez de rectificar aguantó el torero y el toro terminó siguiendo la tela cuando lo normal hubiera sido irse para el cuerpo, totalmente al descubierto. Hay que tener mucho valor, sí, pero la selección de los ganaderos permite cosas que hace sólo veinte años eran impensables. 

Esos lances de primor los remató Morante con media enroscada en la cadera; y un quite posterior en el mismo aire, con una revolera garbosa. El resto de quites desparasitarios que perpetraron sus compañeros de terna fueron, al lado de esta maravilla, un verdadero horror.

Después de brindar su faena al público, el maestro sacó al toro fuera de las rayas con un rítmico toreo al paso abrochado con un molinete que tuvo gracia torera. En redondo, unas series breves y suaves, de tres y el remate, porque al animal le costaba un mundo repetir más de cuatro veces. Noble pero sin fuelle, permitió que el de la Puebla dibujara un toreo cadencioso y bello, antes de que con la izquierda, de uno en uno, arrancara unos naturales lentos hasta la angustia, con el de Gracigrande embistiendo al paso.  La estocada fue de libro, un monumento a la suerte de matar. Oreja de ley la primera. Dispendio del presidente Gabriel Fernández Rey la segunda tras petición a medio gas. De un templo a una verbena se pasa en un instante, y no es la primera ni la segunda vez.

Y así, con el palco convertido en una tómbola y la plaza, en un cachondeo, hubo gente que le pidió el doble trofeo a Roca Rey en el quinto por una faena que creció en su segundo tramo, cuando al fin Andrés se embraguetó con el colorao de Garcigrande, estrecho de sienes, muy agradable y de embestida descolgada, por abajo. Hasta cuatro tandas bien ligadas, tensas, todas de piñón fijo, poderosas, con buen ajuste, de trazo largo, precedieron a una buena estocada. La izquierda para el pan. En otros tiempos le hubieran dejado dar la vuelta al ruedo y hoy le pidieron las dos, pues la vara de medir estaba por los sótanos.

Por esa misma razón le dieron una oreja al valiente David de Miranda tras un conato de faena con el sobrero lidiado en sexto turno. Sugestionado el gentío con la pavorosa voltereta que sufrió el onubense en el primer pase de la faena, un estatuario, abrazó con cariño su toreo impávido y de cercanías frente a un toro de media arrancada, sin celo ni bravura, y tras estocada entera pidió el trofeo que completó la lista de regalitos.

La tarde había empezado mal, pues el primero no tuvo fuelle; el excelente segundo se le fue a un Roca Rey de más a menos que acabó crispado ante la frialdad del público; y el tercero fue un manso sin celo que no permitió el toreo. Luego cuatro orejas que, en la época en la que había 8.000 abonados, se hubieran quedado en una. Mejor seguimos como estamos, pensarán los taurinos…

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