Cuando cabíamos en un microbús

Morante de la Puebla, paseado a hombros en la plaza de toros de Burgos el día de su alternativa.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Alberto Simón

Tal día como hoy hace veintinueve años y oficiando de padrino César Rincón, Morante de la Puebla tomó una alternativa que olía a destierro, porque uno de la Puebla del Río doctorándose en Burgos es como un canterano del Betis debutando en Primera con la camiseta del Celta. Si se tiene que ir a Vigo es porque en su casa no lo quieren.

Tuvo sin embargo algo de sevillana aquella ceremonia, con Fernando Cepeda como testigo de la alternativa y estando de empresario Rafael Roca, el que fuera matador de toros sevillano y que sí que tomó la alternativa en la Maestranza cuando Morante aún no había nacido.

De regreso a Sevilla, ya como matador, sumó al año siguiente (1998) cuatro orejas proclamándose triunfador de la Feria de Abril, logro que repitió en 1999 tras cortar tres orejas a una corrida de Guadalest, en la que fue además su primera Puerta del Príncipe. Se quedaba fuera de aquella feria y tuvieron que intervenir los maestrantes para arreglar las cosas... Una temporada después se truncó la racha, cuando después de cortarle las dos orejas a un toro de Victoriano del Río, el sexto de la tarde lo corneó de gravedad mientras toreaba a pies juntos cerca de tablas tras ejecutar el cartucho de pescao.

Rota la exclusiva que le unía a la Empresa Pagés, se iniciaba a partir de aquel momento un periodo oscuro en el que Sevilla tomó partido por otros toreros mientras Morante era mal mirado por sus continuas tiranteces con los gestores del coso del Baratillo. El elitismo de los poderes fácticos de la ciudad no toleraba su osadía, un muerto de hambre con pelos de gitano enfrentándose a los empresarios, y lo que es peor, anteponiendo la defensa de su cotización al honor de pisar la Maestranza. Aquí hay que venir gratis, se oía decir por los bares de Sevilla.

La relación de desencuentros con la Empresa, de faenas ignoradas por la afición, de desprecios de la Prensa y de intentos de socavar su prestigio en favor de otros toreros fue interminable y triste, y ahora ya sólo ridícula, miradas las cosas con la perspectiva que da el tiempo. El caso es que Sevilla se entregó primero a El Cid, un buen torero y mejor persona que no daba ni un problema en los despachos; y luego a Manzanares hijo, que era como preferir el Art Deco al Renacimiento Italiano.

Casi dos décadas después Ramón Valencia comprendió al fin una realidad simple e insoslayable: Morante es Sevilla y Sevilla es Morante. Y en consecuencia, puso la Feria en manos del torero más grande de la Historia. Lo bueno de los años no es sólo que curen las heridas, sino también que ponen a cada uno en su lugar. Mitigados los odios y desplazadas las modas por el viento, Morante de la Puebla es hoy un torero histórico y tiene su templo en la Maestranza. Pero mañana vuelve a Burgos, tierra noble a la que fue desterrado porque en la cuna del toreo resulta que no lo querían. De eso hace ya veintinueve años, cuando los morantistas cabíamos en un microbús.    

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