Jandilla y Tomás Rufo, cierre estelar a los Sanfermines

Natural de Tomás Rufo a un gran toro de Jandilla.

Cuatro orejas para el de Talavera con un lote de toros soberbio. Notable tarde de Juan Ortega, que da los mejores naturales de la feria. De nuevo, discreta actuación de Roca Rey.

Por Álvaro Acevedo

Pamplona. Martes, 14 de julio. Última de feria. "No hay billetes". 6 toros de Jandilla, de buenas hechuras y de buen juego. Excelentes el bravo 3°, premiado con la vuelta al ruedo, y el 6°, de enorme clase. Juan Ortega, oreja y ovación tras petición; Roca Rey, oreja y ovación; y Tomás Rufo, cuatro orejas con petición de rabo en su segundo. Salió a hombros.

Hasta la salida del sexto, el triunfador de la tarde con bastante diferencia era Borja Domecq, que había echado un toro bravo y de embestida intensa, siempre humillada, al que le cortó las orejas Tomás Rufo sin estar a su altura; y tres toros nobles, de mejor estilo el primero, con el que Juan Ortega había hecho lo de más calidad de la feria con capote y muleta; y los otros dos muy toreables, muleteados de manera irrelevante por Roca Rey. O sea, sólo Ortega había estado a la altura de su lote, porque además en el cuarto toro, el más deslucido, volvió a desplegar sus excelentes formas.

El ya citado de Rufo fue premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre y era lógico. No es sólo que el toro fuera de escándalo, sino que su embestida había brillado mucho más que los muletazos de Tomás, muy buenos los de rodillas pero regulares los que dio en pie. Ligó mucho, se quedó quieto… pero apenas algún natural suelto y la última tanda en redondo, más entonadita, se acercaron a la excelencia del toro. Por supuesto en Pamplona nada de eso importa, así que le dieron las dos orejas tras buena estocada que rubricó una faena resultona y poco más.

No hay de qué extrañarse. El ochenta por ciento de las orejas que se han dado en los Sanfermines han sido de risa, con mucha menos justificación que las de Rufo. Sin ir más lejos, poco antes les habían regalado sendos trofeos increíbles a Juan Ortega y Roca Rey, al primero después de no matar y al segundo, después de no torear. Porque Juan Ortega torear sí que toreó al primero de la tarde. Toreó con el capote, limpio, con compás, ganando terreno hacia delante, templando verónicas magníficas. Y toreó con la muleta sobre todo cuando la cogió con la mano izquierda, dibujando naturales excelsos rematados detrás de la cadera, dando el pecho en el cite, con una elegancia primorosa, con un sabor y una hondura natural, sin contorsionismos extraños. Había comenzado con mucha torería y valor sentado en el estribo, un inicio emocionante a la vez que bonito que era el preludio de una de las pocas faenas cabales de la feria. Un horrible bajonazo pescuecero no fue obstáculo para el primer obsequio de la tarde.

Lo del siguiente fue ya de traca. Noblote y medido de fuerzas el segundo jandilla, padeció el vertiginoso toreo de Roca Rey con la diestra, brusco en los toques y en el trazo; y los espantosos trapazos con la izquierda, pareciendo la muleta un gurruño. Sólo la última serie en redondo, algo más entonada, maquilló un trasteo breve y sin repercusión alguna en los tendidos. Como pegó un espadazo a la primera le regalaron una oreja del corte de las dos del otro día, sencillamente ridícula. Bajo ese rasero, Ortega hubiese merecido la oreja del cuarto: mató igual de bien o mejor, y además estuvo torerísimo y dispuesto. El toro fue el más deslucido de los seis, pero Juan lo lanceó con gusto a la verónica y dibujó muletazos sueltos de mucha clase, aparte de sorprendernos con un final por manoletinas con una rodilla en tierra original y valeroso.

Antes de la salida del sexto, otro trasteo mecánico, sin sello, sin sentirse y repleto de trapazos de Roca Rey, volvió a evidenciar que el estado de forma del peruano es preocupante no sólo para él, sino para la Fiesta en general, porque si éste y Morante son los que llenan las plazas, y el de la Puebla cualquier día se retira, el numerito que puede verse de aquí a nada es para echarse a temblar.

Andaba yo en esas cavilaciones cuando salió el sexto, otro toro de vacas, bravo como el tercero pero mejor todavía, con más ritmo, con más calidad y temple. Aquí ya vimos a otro Rufo. Primero, bajando las manos a la verónica en lances estupendos; y después, recordando a ese chaval de hace unos años, cuando las ansias de triunfo no eran capaces de vulgarizar su estilo, que es lo que le pasa ahora. Y así, primero en notables series en redondo abrochadas con largos pases de pecho; y luego, en un puñado de excelentes naturales con los que marcó la diferencia con respecto a sí mismo, puso a todo el mundo de acuerdo. Asentado de plantas, caído de hombros, con el brazo suelto y la muñeca flojita, acarició la embestida del de Jandilla en unos pases con la izquierda a placer. Y después de unos esculturales y bellos ayudados por alto, y una estocada inapelable dos orejas ¡por fin! conquistadas con absoluto merecimiento. Con ellas salió a hombros el triunfador de los Sanfermines de 2026.

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