La espada frena (otra vez) a Borja Jiménez
En una tarde de hasta tres sobreros, el de Espartinas remonta a última hora pero pierde tres orejas y la Puerta Grande por sus fallos con la espada. Gran faena a un excelente toro de Lola Domecq con lleno de “no hay billetes” en tarde fuera de abono.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1
Madrid. Domingo, 7 de junio. Corrida In Memoriam homenaje a Ignacio Sánchez Mejías. Fuera de abono. “No hay billetes”. 2 toros de Domingo Hernández (1º y 3º), el segundo de ellos, de escasa presencia, como sobrero, nobles y muy flojos; 3 de Victoriano del Río (2º, 4º y 6º), el primero de ellos como sobrero, flojos excepto el 4º, excelente. Y un sobrero de El Torero (5º), de gran clase. Borja Jiménez, ovación, silencio, silencio, vuelta tras petición, ovación tras aviso y silencio.
Que la tarde no iba a ser fácil se intuía, y las cosas empezaron a torcerse pronto. Borja Jiménez había recibido de rodillas al primero de la tarde en la puerta de chiqueros, y tras el susto de pasarle el toro por encima y tener que saltar al callejón, se cumplimentaron los primeros tercios y la faena de muleta comenzó a ir sobre ruedas. Un comienzo torerísimo a una mano bordando los pases de trinchera, y dos tandas a placer con la derecha y una aún mejor con la izquierda con el toro galopando. Al rematarlo, el animal se echó de repente y cuando lo levantaron ya era otro.
Caída en picado la faena, más extraño aún fue lo del segundo, que tras una costalada en el tercio de banderillas tuvieron que apuntillarlo. Lo había recibido con lances cargando la suerte, y la movilidad del aninal nada hacía sospechar tal desenlace si bien un puyazo en mal sitio pudo contribuir a ello. Al sobrero fue a recibirlo también a portagayola, y tras una larga esta vez limpia toreó vibrante por lances a pies juntos mientras el toro empujaba con fuerza. De nuevo su poder desapareció como por arte de magia, de magia negra, quiero decir, derrumbándose a las primeras de cambio y siguiendo luego la muleta a duras penas a la vez que incómodo.
Miau, miau y miau gritaron los reventadores, que estaban en su salsa, mientras Borja lanceaba al tercero de la tarde, otro inválido que fue devuelto a gritos de ladrones, ladrones. Los maullidos se recrudecieron a la salida del segundo sobrero, chico, de mala vista, así que por muy noble que fuera, que lo fue, con ese ambiente era imposible. Tres caídas durante la faena confirmaron las previsiones.
Las cosas empezaron a cambiar para bien en el ecuador de este despeñadero que suelen ser las encerronas, mas no contábamos con el punto débil de Borja Jiménez: la suerte de matar. El torero pegó su tercera larga en toriles en el cuarto de la tarde. El toro era fuerte y muy abierto de cara, pero venía de una reata que no falla y no falló. Bien picado por Alberto Sandoval y tras una lidia impecable de Juan Sierra, "Soleares" llegó perfecto a la muleta y el de Espartinas comenzó la faena con derechazos de rodillas en los medios. Y al fin con la plaza de cara, dos grandes series de redondos y otra excelente de naturales dispararon el ambiente. La quietud, muy enterrado en la arena; la ligazón, con la muleta siempre puesta por delante; y el trazo curvo de su toreo, muy exigente, encontraron en el de Victoriano del Río a un colaborador perfecto, pero el castigo no fue pequeño y cuando aflojó el toro no se soltó el torero, palpándose en el último tramo de su faena un cierto desajuste que el público respetó. No así la media estocada fea, muy tendida, por lo que la petición no cuajó del todo.
Perdida ya la primera oreja, se le escaparon las dos del quinto tris, un nuevo sobrero serio y de mucha clase ahora de Lola Domecq, que había reemplazado a otro inválido de Domingo Hernández. Parecía todo demasiado cuesta arriba cuando cogió la muleta, pero su faena fue tan redonda, su toreo tan profundo, la clase del toro tan exquisita y el temple del torero tan portentoso, que Madrid se puso en pie varias veces para ovacionar aquella fusión deslumbrante.
Muy templado desde el primer muletazo, dibujó dos series perfectas en redondo, de una limpieza inmaculada y al fin con la suavidad en el pulso que había escaseado en otros toros. Manteniendo el toreo muy en redondo pero a un ritmo más pausado, la gente se le entregó sin reservas, y celebró una serie con la izquierda echado en los riñones y rematando los naturales muy atrás. Luego de un bonito tres en uno, más naturales ahora muy en corto no fluyeron, pero el torero cambió de mano y llegó el momento cumbre de la tarde. Casi metido entre los pitones, fue capaz de conducir al toro a cámara lenta en redondos inconmensurables por su despaciosidad y hondura. Y así, enroscándose al animal en su cintura a ralentí, respondió a la calidad del animal y rindió a Madrid. Lo más difícil, voltear una tarde tan a la contra, estaba hecho, pero hasta cuatro pinchazos necesitó antes de la media estocada con la que tumbó al gran sobrero de El Torero.
Arrastrado entre ovaciones, se iba también el último cartucho de su apuesta, porque aunque quedaba un sexto toro en los corrales, el torero sabía que había perdido la ocasión de volver a abrir la Puerta Grande de Madrid. Con las dos que se dejó escapar en Sevilla, no es exagerado afirmar que sin la ruina de la espada Borja estaría ahora en primera figura del toreo, el Papa de la Puebla aparte. A estas horas en cambio hay gente que está pidiendo su cabeza, por no decir sus comisiones.