Samuel Navalón, un rayo de luz entre tanta ofuscación
Pase de pecho de Samuel Navalón.
El albaceteño hace lo mejor de la tarde pero pierde premio al fallar con la espada. Fernando Adrián corta una oreja por un trasteo voluntarioso y embarullado. Fortes no se entiende con el toro de más clase de La Palmosilla.
Por Álvaro Acevedo
Pamplona. Domingo, 12 de julio. 8° festejo de abono. "No hay billetes". 6 toros de La Palmosilla, terciados de presencia y muy toreables excepto el 6º. El de más clase fue el 1º. El más completo, el 5º. Fortes, silencio y ovación tras aviso; Fernando Adrián, ovación y oreja; y Samuel Navalón, ovación y ovación de despedida.
Si a la corrida de La Palmosilla se hubieran apuntado por ejemplo Morante de la Puebla o Roca Rey, las redes sociales hubieran quedado arrasadas por mensajes apocalípticos, sin que hubiese quedado un taurino vivo. ¿Era chica? No, pero carecía de la aparatosidad de pitones a la que Pamplona nos tiene acostumbrados. El caso es que no hubo incendio en X, que es como una inmensa barra de bar en la que se pone de golfo a todo el mundo, sobre todo si es millonario. Fortes, Adrián y Navalón todavía no lo son, yo diría que por fortuna en este caso.
Después de su paso por los Sanfermines van a seguir igual, pues perdieron una buena ocasión para obtener un triunfo de peso. En el caso de Fortes, porque se ofuscó de manera evidente en la lidia del toro que abrió plaza, codicioso, con clase y medido de poder. Atropellado, dejándose enganchar continuamente la muleta y queriendo hacer demasiadas cosas todas a la vez, jamás se centró con su oponente y la falta de entendimiento alcanzó cotas preocupantes en determinados momentos. Con la espada estuvo más o menos igual, hecho un verdadero desastre. Algo mejor anduvo con el cuarto, un toro muy noble pero soso, al que le dio unos naturales estimables dentro de un trasteo voluntarioso pero que no terminó de despegar. Ahora sí, la estocada fue otra cosa.
Si lo de Fortes fue pura torpeza –Saúl es un torero que no sabe taparse, capaz de lo mejor y de lo peor– lo de Fernando Adrián fue todavía más grave, un engarrotamiento que a veces parece innato, y que le incapacitó para hacer algo digno de reseñar como importante. Tenso, ligero y vulgarísimo, ni entendió a su manejable primer enemigo; ni estuvo a la altura del bravo e incansable quinto, construyendo frente a éste un trasteo afanoso y ligado, pero también por desgracia lleno de banderazos a toda velocidad y con la figura retorcida. Un escandaloso sartenazo antes de volapié de efectos rápidos no fue óbice sin embargo para que le dieran una oreja de esas que a veces se regalan en Pamplona, y que si se la dan a una figura todo el mundo monta en cólera, yo el primero.
En realidad, el único que la hubiera merecido de no ser por un pinchazo entrando sin convicción antes de una buena estocada fue Samuel Navalón. El debutante mostró más serenidad y lucidez que sus compañeros, primero en su airoso toreo de capote, y después en una faena medida, limpia, ejecutando un toreo de mando, sin dejarse tocar la muleta, bajando la mano y toreando además, sin ser un estilista, con buena expresión estética. Dos tandas de notables derechazos y una de excelentes naturales bastaron para dejar su carta de presentación en Pamplona, pero para ser figura y ganar dinero hay que matar los toros. Éste de su debut, bueno hasta que se apagó, no se podía ir con la espada.
Entre otras cosas porque las oportunidades son contadas y entrar en los Sanfermines es un gran privilegio. Quizá consciente de ello se marchó en el sexto a portagayola para recuperar terreno perdido. Más basto y montado que sus hermanos, acometió a regañadientes y haciendo hilo, pero Samuel le cogió muy bien la distancia y lo condujo perfectamente, prolongando su viaje por el lado derecho en una gran primera tanda. Fue un visto y no visto: el joven cambió demasiado pronto de pitón y se llevó una voltereta sin consecuencias físicas, pero a partir de la cual ya el toro se le negó por los dos lados. Una gran estocada, la que echamos de menos en su primero, cerró su prometedora pero insuficiente presentación en Pamplona. No hay que darle ventajas al enemigo.