Seis toros nobles de Cebada Gago

Pase de pecho de Manuel Diosleguarde

David Galván brilla por su buen gusto y demoledora espada, cortando una merecida oreja. Otra más para un Diosleguarde voluntarioso e irregular. Desafortunada tarde de Román.

Por Álvaro Acevedo

Pamplona. 4° festejo de los Sanfermines. "No hay billetes". 6 toros de Cebada Gago de impecable trapío y muy nobles, aunque algunos escasos de fondo. David Galván, vuelta protestada y oreja; Román, silencio en su lote; y Manuel Diosleguarde, silencio y oreja.

La agresividad que otorgó fama a Cebada Gago no apareció por ninguna parte, muy al contrario la corrida aportó grandes dosis de nobleza, aunque a veces anduvo justa de poder. El primer toro de la tarde, muy ofensivo por delante pero de buenas hechuras, fue dócil y blando, incluso un punto soso. David Galván debutó con una faena vistosa abierta con unos pases cambiados en los medios, basada en series ligadas con la derecha, mucho martinete y algún redondo con enjundia, la excepción de un muleteo correcto pero un tanto liviano. Una sola serie con la izquierda sí fue más reunida, y el final por molinetes y pases de pecho rodilla en tierra vinieron a demostrar que eso no es lo suyo. Una estocada magnífica rubricó su faena, pero la agonía del toro no gustó a un sector con tintes antitaurinos. Debió ahorrarse una vuelta al ruedo que no le pidió nadie.

Un torero nunca ha de traicionar su estilo, por eso David me gustó más frente al cuarto, precioso de pelo y hechuras,  nobilísimo y medido de fuerzas. El gaditano le dio distancia, cosa que agradeció el animal, y lo toreó más templado y reunido, con algunos redondos y naturales notables, y con el gusto que siempre esperamos de un torero de sus maneras. Ni en el arrimón final renunció a sus formas, así que tras otra fenomenal estocada cortó una oreja merecidísima. 

El segundo de la tarde, picado mucho y mal, muy trasero, llegó pese a ello a la muleta con fijeza y recorrido, un poco tardo pero sin tirar una mala cornada. Román ejecutó un toreo de expulsión, descolocado, sin exponer un alarmar. La izquierda ni la cogió y salió corriendo despavorido tras pinchazo y estocada en la que el toro le persiguió antes de caer.
De armónico trapío fue el quinto, el mejor de los seis en el primer tramo de faena por su alegría y recorrido. Román anduvo algo más dispuesto, pero entre que el toro se abría y que él lo echaba para afuera, el desajuste fue espantoso en la primera tanda, la única potable de su pueblerina y veloz faena, llena de guiños al público y trapazos, y que rubricó con varios pinchazos que terminaron de estropear las cosas. 

Precioso el tercero, acucharado y enseñando las palas, blandeó de salida pero apuntando buen estilo. Manuel Diosleguarde lo midió en el caballo y lo ayudó mucho con un cite de distancia larga y muletazos a media altura, pero su embestida era cansina, propia de un toro desfondado. Terminó defendiéndose, más por sus limitaciones físicas que por condición. El toro quiso y no pudo. Diosleguarde acabó con arrimones y desplantes a toro parado antes de entrar a matar sin fe.

Más destartalado el sexto, fue en cambio el de más clase de los seis, pronto, suave y de embestida humillada. El salmantino comenzó bien en redondo, con una serie de mando y largura, luego perdió el tacto y la faena transcurrió a trompicones, hasta que cogió la izquierda y se soltó en unos naturales más templados, aunque abusando del zapatillazo. De vuelta a la otra mano, más toreo de ataque y brazo duro, brusco en los toques, frente a un toro que pedía vuelos, muñeca y suavidad. Una buena estocada llevó a sus manos la segunda oreja de una corrida en la que, la verdad sea dicha, los tres espadas pudieron y debieron salir a hombros.

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