Pureza en el barro y ruina en la espada
Importante actuación de Víctor Hernández en una tarde marcada por el viento y la lluvia. Perdió la Puerta Grande por fallar con la espada, y Roca Rey una oreja también por errar con los aceros.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1
Madrid. Domingo, 14 de junio. Corrida de Beneficencia. “No hay billetes”. 6 toros de Victoriano del Río, imponentes de presencia. 3º, 5º y 6º, bravos y nobles. Alejandro Talavante, silencio tras aviso y ovación; Roca Rey, silencio y ovación tras aviso; y Víctor Hernández, petición tras dos avisos y ovación.
Grandes puyazos de Agustín Collado y José Manuel Quinta.
Imposibilitado Alejandro Talavante con el que abrió plaza, un toro que se lastimó, el primer momento de interés de la tarde, y no sería el único, llegó en el tercio de quites del segundo toro. Se fue a los medios Víctor Hernández y se echó el capote a la espalda. El toro, burraco de pelo y muy noble, se vino galopando desde el burladero y Víctor quitó impertérrito por saltilleras rematando con una templada brionesa. Respondió entonces Roca Rey por un palo similar, por gaoneras a pies juntos con la misma quietud y derechura que su rival. Las palmas echaban humo, pero si hubieran toreado igual de despacio que se echaron el capote a la espalda, todo aquello hubiese pasado a la historia.
La tensión creció aún más cuando Andrés cogió la muleta y se echó de rodillas. Tardeó el toro, refugiado en el tercio, y el torero se fue acercando hasta casi no haber espacio para el cambio por la espalda que pretendía. Si el primero pareció meritorio, el segundo, con apenas un metro entre toro y torero, alcanzó la categoría de taquicárdico, una especie de triple salto mortal taurino. La plaza se puso en pie ante ese concepto taurómaco del más difícil todavía, pero luego el toro se aflojó y con él, la faena.
La decoración y hasta las condiciones atmosféricas cambiaron a la salida del tercero, bravísimo ante el picador, un excelente Agustín Collado que lo cogió por arriba. El cielo se había puesto gris oscuro y el viento soplaba con fuerza. No se pudo por tanto torear con el capote, pero Víctor Hernández cogió la muleta dispuesto a todo. Como atornillado en la arena lo citó en el tercio y lo pasó por estatuarios mientras el gran toro de Victoriano del Río embistía como un tren. Prendida la chispa y después de una tanda diestra en tono menor, Víctor cogió la mano izquierda y se metió a Madrid en el bolsillo. Dando siempre el medio pecho y con las puntas de las zapatillas hacia el toro, estructuró su labor sobre tres notables tandas de naturales, algunos de ellos soberbios, sin importarle el viento que a veces meneaba la muleta a su antojo. El joven toreó sin forzar la figura, siempre con la pierna contraria por delante, o sea, con naturalidad y pureza, base esencial de su concepto del toreo. Le sobró después una última serie de menos acople, y tras unas manoletinas muy de frente, perdió la oreja por media estocada fea, demasiado tendida. Dos avisos sonaron antes de que cayera el gran toro de Victoriano, y fue doblar junto a tablas y empezar a caer la del día de Noé.
A partir del inicio del temporal comenzó una tarde nueva, con el ruedo hecho un barrizal pero con los tendidos más amables. La bendita lluvia calmó los ánimos de los sectores beligerantes de la plaza, y con la gente que quedaba allí sentada a favor de los toreros, se jalearon cosas que media hora antes hubieran provocado una guerra civil. Así las cosas de difíciles y fáciles a la vez, y después del meritorio esfuerzo de Talavante con un cuarto toro que no fue claro, yo creo que se debió suspender la corrida pero Roca Rey, para una vez que lo iban a dejar en paz, tiró para delante. Fue bueno el quinto toro, se peleó con más rabieta que templanza en redondo, pero con la izquierda pegó ocho o diez naturales estupendos, despaciosos y de mano baja, además de un final de faena ayudado que abrochó con brillantez una faena que, al menos en las circunstancias en las que se desarrolló, era de premio seguro. Por desgracia esta vez no le funcionó su táctica estoqueadora, consistente en meter el brazo con habilidad sin hacer la cruz. Debería animarse a cambiarla.
Roca Rey ahora mismo no se atreve a hacer la suerte de matar como mandan los cánones, pero Víctor Hernández sencillamente es que no sabe. Imponente el sexto, poderoso, fuerte, y con una embestida briosa y humillada, permitió al alcarreño construir una intensa faena en el centro del platillo. Otra vez muy bien colocado en el primer cite, su toreo con la mano izquierda tuvo encaje y hondura. Aunque ligó poco, no más de dos muletazos seguidos en las series, otra vez brotaron naturales de altísimo nivel, aún mejores que los del otro toro, más profundos y rítmicos dentro de una obra creciente y con un público entregado. Un bajonazo escandaloso echó por tierra, igual que le pasó a su compañero, otra faena de premio, con la única diferencia de que Roca Rey ya está millonario y Víctor todavía no.