Gómez del Pilar pone la solidez y Damián da el golpe de efecto

El madrileño firma lo más macizo de la tarde ante un lote exigente de José Escolar, mientras que el salmantino rentabiliza su esfuerzo con una vuelta al ruedo. Pepe Moral se marcha de vacío con un los toros de menos opciones

Por David Jaramillo / Foto: Plaza 1

Ficha: Madrid. Martes, 2 de junio. 22ª de abono. Casi lleno. Toros de José Escolar, entipados y de juego variado. De noble pitón izquierdo el 1º, reservón el 2º, sin entrega el 3º, anodino el 4º, con un punto de nobleza el 5º; y costoso el 6º. Pepe Moral, silencio tras aviso y silencio; Damián Castaño, silencio y vuelta; y Gómez del Pilar, pitos y ovación, tras dos avisos en ambos. Rubén Sánchez fue atendido de una cornada en el poplíteo de la pierna derecha con trayectorias de 10 y 15 cm que contusiona arteria poplítea y nervio ciático. Y traumatismo facial. Pronóstico grave.

Que el público de Las Ventas está mutando es una realidad evidente. Ahora es voluble, inflamable y bonancible, todo al mismo tiempo. Hay gente nueva en la plaza y tomará tiempo en que se definan como aficionados. Mientras tanto, resultan entusiastas, contestatarios y dispersos, algunas veces de más. Pero cuando asoma un poco el cemento en los tendidos, normalmente cuando se anuncian las ganaderías que alejan a las figuras, el tendido se hace un poco más reconocible. Están los de siempre, los que se asumen aficionados. Con sus filias y sus fobias, claro. Y este martes, con los toros de José Escolar, andaban en su salsa. Es cierto que los toros tuvieron esas complicaciones que el tendido tanto disfruta y que hubo lidias intensas como para poner de acuerdo a todo el mundo. Pero también la plaza pecó de pardilla cuando se les metió gato por liebre.

Empecemos por lo sólido, lo bueno de verdad. Y entonces tenemos que hablar de Gómez del Pilar. La suya ha sido una tarde soberbia (si obviamos los aceros). Lo hecho al sexto roza la perfección en cuando planteamiento y ejecución. El toro, que vendía carísima cada una de sus arrancadas, que no se iba nunca de la muleta, que jamás empujó el engaño, sino que había que tirar de él cada milímetro de recorrido, para que no se quedara en la mitad del viaje buscando el cuerpo de un torero al que tenía completamente ubicado y escaneado, nunca entregó la cuchara, pero tampoco encontró una fisura en el poder del madrileño para cobrarse su presa. El viento se sumó a las dificultades, por eso la faena fue muy cerca de los tableros del tendido 5. Fue allí donde Noe se afirmó en la arena como si pesara más que el toro, convencido de su mando. Primero construyó uno a uno los derechazos, gobernando la embestida son autoridad soberbia, jugando las pausas precisas para volver a empezar, hasta conseguir ligar las series con una capacidad apabullante. También al natural, y luego por naturales con la derecha y temple de acero. Extendió de más su labor, quizás buscando al final una pizca de entrega en el toro que nunca se produjo. Todo pesaba una barbaridad. El acero lo emborronó todo. Le ocurrió igual antes, con el tercero, otra de esas labores de tensa lucidez, pues el toro tampoco se entregó, siempre anduvo probando, acechando al torero, y Noe, con inteligencia preclara, siempre le ganó la acción con una firmeza marmórea, listo, pronto, tapando defectos con una colocación inmejorable, acertando en los toques, distancias, alturas y terrenos. Ni por esas, el toro jamás agradeció el trato. Algunos aplaudieron al toro. Así es Madrid.

Pepe Moral estuvo poderoso e inteligente con el soso primero, que se desplazó bien en los primeros lances de capote, pero pronto echó el freno de mano. Después, en la muleta, la clave estuvo en el temple para que el toro no se desengañara y ganara algo de recorrido. No lo hizo por el derecho, pero regaló seis o siete embestidas buenas por la izquierda, las que aprovechó Pepe para dibujar naturales hondos y cadenciosos que no tuvieron demasiado eco en los tendidos. Y poco pudo hacer con el cuarto, un toro que nunca rompió, si para bien ni para mal. Además, también se atascó con los aceros.

Le costó a Damián Castaño encontrar la serenidad para afianzarse (y con razón) con el reservón y peligroso segundo, un toro que siempre se guardó una bala en la recámara y pasó buscando una grieta para colarse con peligro. Y pasó apuros el salmantino con el capote, y con la muleta apenas consiguió afirmarse en una tanda corta por derechazos recios. Luego, con la espada también pasó fatigas. Las mismas que pasó con el quinto, un toro que mandó a la enfermería a Rubén Sánchez, que llevando la lidia se encontró con los pitones en el pecho y salió por los aires de un golpe seco, escalofriante. Eso, y que con el capote tampoco se definió, llevó a Damián a coger la muleta con serias intenciones defensivas. El toro, que iba dormido y con un punto de nobleza, no es que cortara el viaje, es que Damián terminaba antes el muletazo para marcharse pronto de allí. Así, el toro llegó a parecer peor de lo que realmente era, y el público terminó entrando en la labor del salmantino, que a veces se marchaba sin rematar las series. Lo mató como pudo y dio una vuelta al ruedo. Esas cosas de Las Ventas.

Anterior
Anterior

Galería de la 23º de abono de la Feria de San Isidro 2026.

Siguiente
Siguiente

Galería de la 22º de abono de la Feria de San Isidro 2026.