Felipe VI ya sabe lo que es torear

Trincherazo de Diego Urdiales al segundo toro de su lote.

Recital con capote y muleta de Diego Urdiales, que abre la Puerta Grande. Oreja para premiar la raza de figura de Roca Rey. Gran corrida de Juan Pedro Domecq.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Madrid. Jueves, 28 de mayo.  18ª de abono. Corrida de la Prensa. "No hay billetes". 6 toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de presencia y de gran juego en general, destacando 2º, 4º y 5º. Diego Urdiales, oreja y oreja. salió por la Puerta Grande; Roca Rey, silencio y oreja tras aviso; y Bruno Aloi, que confirmaba la alternativa, silencio en su lote.


Lidiado el segundo toro de la tarde por Diego Urdiales, y después de pasear una oreja que sólo pueden cortar los toreros con solera, por lo menos me quedé tranquilo de saber que Felipe VI ya sabe lo que es un lance de capa, un natural y una estocada, los tres pilares básicos del arte del toreo. Las verónicas con las que meció el capote de salida eran hasta ese momento las mejores de San Isidro, llevando al mismo ritmo lento del toro las manos y el pecho. Eso y no otra cosa es el compás. 

Tan a gusto estaba que parecía que no iba a rematar nunca, ni en esa serie de lances de saludo, ni en el quite posterior también por el mismo palo. Con la muleta cayó exactamente en la misma tentación, alargar demasiado las series, y por eso se iban apagando a la par de un toro de mucha clase pero medido de energía. Dio lo mismo, porque tuvo tanta hondura y embroque su toreo con la diestra; y tanto desgarro y pureza unos naturales adelantando la pierna contraria, que tras ejecutar como mandan los cánones la suerte del volapié, la afición terminó reconociendo que lo de Urdiales no se ve todos los días.

La faena del riojano no fue perfecta, y yo diría que afortunadamente pues algo había que dejar para después. No hubo que esperar demasiado, ya que Urdiales mataba segundo y cuarto por la confirmación de alternativa de Bruno Aloi. Y el cuarto, muy serio pero todavía con más clase y temple que el primero de su lote, galopó pausado de salida, como flotando en la arena de Madrid, y Urdiales se emborrachó de toreo en unas verónicas ahora más profundas, más apatarracado, de brazos más lánguidos, de ritmo todavía más lento, casi moribundo. Si los lances de apertura fueron colosales, de soñar el toreo surgieron los del quite, inenarrable uno por el pitón derecho y una media abelmontada que al abrocharse en la cadera, convirtió el capote en una flor redonda. ¿Habrá podido dar Diego Urdiales más verónicas que todos sus compañeros juntos en lo que va de feria?

Tras brindar en los medios la que iba a ser la faena de la tarde y de muchas tardes, unos torerísimos ayudados por bajo prologaron el recital. Y en el centro del ruedo y dándole distancia, Urdiales se dejó venir al gran toro de Juan Pedro para sujetarlo en su muleta tersa, que iba y venía con dulzura, casi besando la arena, y de la que brotaba una tauromaquia honda pero sin agobios, un arte de paladeo. Toreaba Diego sin retorcerse pero a la vez con todo el cuerpo, que es como se torea cuando se siente el toreo: la cintura y el pecho acompasados, el mentón clavado y las muñecas lentas; dueño de una plomada para elegidos. Con una enjundia de otro tiempo.

Y en otro tiempo, tras otro estoconazo inapelable, el clamor de su toreo le hubieran valido dos orejas, en vez de la que le concedieron para premiar cicateramente aquel prodigio de redondos, naturales, ayudados y trincheras. Amo y señor de la tarde el maestro riojano, pagó las consecuencias un Bruno Aloi voluntarioso y desafortunado en el lote, mientras que se revolvió como un perro de presa Roca Rey para cortarle una oreja al chorreao lidiado en quinto lugar, otro gran toro de Juan Pedro Domecq.

No me había gustado Andrés en el primero de su lote por deambular con demasiada parsimonia alrededor del toro, para luego torear ligero y con toques brusquísimos. Esto es una costumbre habitual en muchos toreros de hoy, ir despacio hacia el toro para luego torear rápido, cuando yo creo que debe ser al revés. Pero en el otro apretó el acelerador desde el principio, haciéndose respetar primero con unos tremendos cambios de rodillas, y toreando luego con mando, firmeza y poderío en series con ambas manos, cada vez más reunidas y a menor velocidad. Muy bien con la diestra y mejor aún con la izquierda, mano con la que se defiende menos y emociona más, un pinchazo precedió a fulminante estocada, cortando esa oreja que cortan las figuras cuando quieren defender su sitio.

Se marchó entre los aplausos de la mayoría mientras a Diego Urdiales se lo llevaban por la Puerta Grande y el Rey Felipe VI corrió a contarle a Leticia que ya sabe lo que es torear. Mi abuela era muy monárquica y yo esas cosas las valoro mucho.

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