Madrid ruge con Jarocho

Jarocho, aguantando una oleada del primer toro de su lote.

El torero burgalés encandila a los aficionados por su valor sereno, cadencia y despaciosidad frente a un toro fiero y otro noble. Su mal manejo de la espada le impide incluso abrir la Puerta Grande.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Madrid. Miércoles, 26 de mayo. 17ª de la Feria de San Isidro. Más de tres cuartos de entrada. 6 toros de Pedraza de Yeltes, imponentes de presencia y de escaso juego excepto el fiero 3º y el noble 6º. Isaac Fonseca, ovación y silencio tras dos avisos; Molina, silencio tras aviso en ambos; y Jarocho, ovación y palmas.

Gran puyazo de Juan Melgar.

Arrastrado el tercero de la tarde, sabíamos ya que difícilmente íbamos a presenciar otra colisión de ese calibre, la resultante de un toro imponente y un torero dispuesto a todo. Porque el castaño de Pedraza de Yeltes salió con un temperamento que mantuvo durante toda su lidia, y Roberto Martín ‘Jarocho’ le plantó cara con una entrega tan cabal, tan de verdad, sin ningún tipo de aspavientos, que la emoción embargó a toda la plaza en una faena bravía y no exenta de buen toreo.

El joven torero burgalés lo puso de largo en el caballo, y aunque el torazo tardeó mucho luego empujó fijo en el peto, metiendo los riñones. También esperó en banderillas dificultando la labor de los de plata, así que cuando Jarocho cruzó el ruedo para brindar al que fuera su profesor en la escuela taurina, José Ignacio Sánchez, ni el ambiente, ni el panorama eran para tirar cohetes.

Sin embargo, ajeno a cualquier temor se plantó en los medios y lo citó con la mano derecha mientras su enemigo le miraba altivo, diría incluso que con desprecio. Cuando se le vino al galope y marcándole los muslos, venciéndose, cada muletazo olió a cloroformo. Dos tandas en redondo tremendas de emoción caldearon los ánimos, porque el toro apretaba y el torero no cedía terreno, pero fue con la muleta en la izquierda cuando su toreo alcanzó otra dimensión. Jarocho dejó los flecos de la muleta sobre el albero y corrió la mano con una naturalidad inesperada, tal era la furia de su oponente. Y así, el contraste de la fuerza del animal mientras Roberto toreaba sin descomponer la figura caló en los aficionados, que rugieron cuando el toro le dio un respiro y se templó un instante, para que el joven corriera la mano en dos naturales excelentes. En ese aire hubo algún muletazo en la siguiente serie, más atropellada, pero plena de valor sereno, aguantando miradas y oleadas de su oponente. Tras un desarme al volver al pitón derecho, que era el peligroso, se puso de frente y desgranó a pies juntos unos naturales cadenciosos, los mejores de una faena de mucho peso.

Al lado del tercero, el sexto fue un caramelito por noble y templado, y con él este burgalés que parece haberse caído de chico al Guadalquivir a su paso por Sevilla dibujó una docena de excelentes naturales con la muñeca suelta, la muleta lánguida y el cuerpo ajeno a cualquier atisbo de tensión. Sensacional. Algún muletazo del desdén y un kikiriki acariciador terminaron por meter a la gente en el bolsillo de este Jarocho que torea suave, sin hacer daño, pero que no sabe matar. De haber sabido, hoy hubiera cruzado la Puerta Grande de Las Ventas.

Por delante suya, es de justicia reseñar las meritorias actuaciones de Isaac Fonseca y Molina. El mexicano le sacó dos buenas series en redondo al noble y blando primero, matándolo además de una estocada de libro. Y salvó la vida porque Dios quiso tras ser volteado espantosamente por su segundo cuando intentaba un pase por la espalda. Muy lastimado pero valiente, pareció elevar la faena en una gran serie de rodillas en los medios, pero luego el toro perdió fuelle, comenzó a derrotar a la salida de cada pase, y su labor no pudo pasar de voluntariosa.

Menos opciones tuvo aun el albaceño, muy dispuesto en quites arriesgados, pero sin opciones con un lote muy deslucido, uno por flojo y otro por falto de celo en la pelea y que sin embargo había derribado en el caballo y cortado en banderillas, volteando de manera muy fea a Víctor Manuel Martínez. Con este último, Molina lo intentó de todas las maneras posibles y hasta arrancó muletazos sueltos de mano baja y trazo largo mientras le protestaban la colocación, aunque el que se descolocaba en realidad era el toro al desentenderse de las suertes, y no el torero. Esta plaza es mágica e insoportable a partes iguales…

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