Triunfar y deleitar

Osornio, en un trincherazo al segundo de su lote.

Julio Méndez sale por la Puerta Grande tras una faena redonda a un novillo extraordinario del Conde de Mayalde. Emiliano Osornio pierde premio por fallar con la espada después de bordar el toreo.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Madrid. Martes, 26 de mayo. 16ª de la Feria de San Isidro. Casi lleno. 6 novillos del Conde de Mayalde, completísimos excepto el deslucido primero. El tercero, extraordinario, fue premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Muy buenos 4º y 6º. Emiliano Osornio, silencio y ovación; Pablo Montaldo, silencio en su lote; y Julio Méndez, dos orejas y ovación. Salió por la Puerta Grande.

Sobrado de garra, oficio e inteligencia, Julio Méndez obtuvo un inapelable triunfo en la que fue además su despedida de novillero, abriendo la Puerta Grande de Las Ventas. Para ello, colaboró de manera inestimable un ejemplar del Conde de Mayalde de una categoría colosal, equiparable a la del toro de la misma divisa lidiado por Román hace unos días en esta misma plaza. Si a ello le añadimos que, al igual que en aquella corrida, saltaron varios ejemplares muy notables, no es exagerado afirmar que nos encontramos ante una de las grandes divisas del momento.

Pese a alguna reacción extraña típica en reses de mucha clase, el estilo del novillo se palpó desde su salida, manteniéndose intacto hasta el final a pesar de dos terribles vueltas de campana en el accidentado inicio de faena del joven. Ni se afligió el animal ni se puso nervioso el novillero, que desde la primera serie hasta la última se explayó en un toreo limpio, ligado, a veces mandón y otras desmayado, de una conexión automática con los tendidos, que además celebraban la variedad en los remates de las series: ora una torerísima trincherilla, ora un molinete ayudado, ora un pase por la espalda, ora un lento y largo de pecho… La sincronía con el fantástico novillo de Mayalde fue total; la comunión con el público, llamativa; la faena, redonda y precisa, sin un pase de más ni de menos. Concluyó con unas espectaculares bernadinas y una estocada de efectos rápidos. Las dos orejas fueron concedidas tras petición clamorosa, y el presidente hizo además justicia con el novillo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre.

Quiso redondear su tarde frente al sexto, y pleno de ambición lo recibió a portagayola como preludio de una faena otra vez sobrada de decisión y hambre, con el público siempre de su parte, iniciada por estatuarios, basada de nuevo en una ligazón estupenda, y un punto atropellada en su último tramo. De matar a la primera hubiera sumado otro trofeo a una tarde en cualquier caso soñada, cierre brillantísimo a su etapa como novillero. En unos días, ya como matador de toros, comenzará otra aventura tanto o más bonita. Y por supuesto, aún más difícil.

El contrapunto de Julio Méndez es Pedro Montaldo, un joven con muy poco oficio y una falta de fibra desesperante, rayando en la indolencia. Me llamó la atención para bien cómo cogió la muleta, casi cayéndosele de los dedos, pero la naturalidad que intenta imprimir a su tauromaquia va unida a una falta de expresión que lo convierte en un glaciar. A esto hemos de unir su poca experiencia, que frente a los novillos le distancia muchísimo del toreo que parece pretender hacer. Soltó la muleta cada vez que entró a matar, otro detalle que no me hace ser optimista.

Todo lo contrario me sucede con Emiliano Osornio, que en estos momentos es el novillero que mejor torea de todo el escalafón. No es sólo lo que hace este mexicano que huele a torero grande, sino cómo lo hace, con una expresión y un gusto primorosos que desgranó en su exquisita labor al cuarto utrero de la tarde. El ayudado y el kikirikí de inicio de faena; el toreo en redondo acompañando con el pecho; el recital de naturales con la cintura quebrada y la pierna contraria por delante; la lentitud de un trincherazo colosal; el valor sereno tras lo deslumbrante de su estilo; el sello de torero caro, que se tiene o no se tiene.

Su faena fue un derroche de clasicismo, sabor y armonía, mas ya sabemos que la mayoría de los mortales preferiría una hamburguesa yanqui antes que una mini tosta de caviar Beluga; el tinto con limón mejor que el champán francés; ver La Isla de los Cuernos en vez de escuchar a María Callas o a Manolo Caracol. La plaza al fin rugió en los últimos naturales muy de frente, pero en realidad debió haberlo hecho durante toda su monumental faena. Como en la Maestranza hace un mes, la mitad de la gente asistió al recital de Osornio entre atenta y confundida, incapaz de discernir entre lo corriente y lo superior. Sevilla y Madrid ya se parecen en algo.

Anterior
Anterior

Galería de la Feria de Vic-Fezensac por Bertrand Caritey

Siguiente
Siguiente

Galería de la 16º de abono de la Feria de San Isidro 2026.