Más allá del niño prodigio
Por Mauricio Berho / Foto: André Viard
La tarde de Nîmes tuvo algo de confirmación y algo de advertencia. Confirmación de un talento que ya nadie puede esconder y advertencia de que Marco Pérez ha dejado de ser solamente una promesa precoz para entrar en otra dimensión, la de los toreros que empiezan a ser imprescindibles antes incluso de haber terminado de hacerse. En el coliseo romano, el salmantino volvió a cortar un rabo por segunda vez en su carrera, y ese dato, por sí solo, ya tiene una fuerza simbólica enorme.
Porque Nîmes, aunque se ha ganado la fama de generosa, también tiene memoria. Puede ser festiva, apasionada y volcánica, pero distingue perfectamente las emociones verdaderas de los entusiasmos pasajeros. Allí han triunfado los grandes, y allí mismo muchos proyectos luminosos se quedaron en simple espejismo. Por eso lo ocurrido en esta Feria de Pentecostés tiene un peso especial. Marco Pérez no sólo abrió otra vez la Puerta de los Cónsules; dio la sensación de que el Coliseo empieza a reconocerlo como una figura propia, como uno de esos toreros capaces de alterar el pulso de una plaza.
La faena al tercer toro de El Freixo tuvo todos los ingredientes de las grandes tardes. El recibo a portagayola ya fue una declaración de intenciones, casi un desafío juvenil lanzado contra la lógica. Después llegaron las chicuelinas, el inicio de muleta de rodillas, unos argumentos impropios de su edad y, sobre todo, la manera de ralentizar el tiempo en algunos muletazos. Ahí estuvo quizá lo más importante de la tarde. No fue únicamente el valor, que lo tiene de sobra. Fue la capacidad de llevar al toro muy despacio, de someterlo con suavidad y de construir una faena con poso.
Los grandes toreros no son solamente los que cortan trofeos. Son los que consiguen que un toro termine pareciendo aún mejor de lo que era. Y Marco Pérez, frente a un animal noble y bravo, consiguió precisamente eso: agrandarlo. Lo llevó cosido a la muleta, por abajo, sin brusquedades, dejándole respirar y encontrando la profundidad exacta de cada embestida. Ahí apareció una virtud rara: el sentido del temple. Esa facultad no se aprende. O se tiene o no se tiene. Y Marco demuestra en cada una de sus actuaciones que lo posee de forma natural.
El espadazo final terminó de incendiar el Coliseo. Dos orejas y rabo. Otra vez. El segundo rabo en Nîmes de su todavía cortísima carrera. Una estadística contundente y también emocional para un torero que todavía parece vivir entre la adolescencia y la responsabilidad gigantesca de un futuro que se le viene encima a una velocidad tremenda.
Incluso su faena al sexto, donde perdió los trofeos con la espada, sirvió para reforzar la impresión general. Porque lejos de conformarse con el triunfo ya asegurado, volvió a irse a portagayola, volvió a apostar fuerte y volvió a dejar momentos de enorme exposición. Esa ambición es también parte del fenómeno.
La tarde tuvo además el brillo artístico de Alejandro Talavante, que volvió a firmar pasajes de inspiración pura y abrió también la Puerta de los Cónsules tras una faena de enorme expresión al primero de su lote. Y Juan Ortega dejó detalles de esa torería lenta y delicada que convierte cada natural en una evocación del toreo eterno. Pero el nombre que terminó ocupándolo todo fue el de Marco Pérez.
Y detrás de todo lo sucedido apareció también otro nombre importante: el de El Juli. La corrida de El Freixo confirmó que Julián no sólo fue una figura gigantesca del toreo moderno, sino que además empieza a construir una ganadería con personalidad, clase y bravura. Hubo un toro premiado con la vuelta al ruedo y varios animales con nobleza y calidad, algo fundamental para que una tarde de esta dimensión pudiera desarrollarse. El éxito de un torero joven necesita también un toro que permita contar su verdad, y la corrida de El Freixo tuvo precisamente ese fondo de movilidad y clase que hizo posible el acontecimiento.
Lo de Marco Pérez ya no puede explicarse únicamente desde la precocidad. Eso sería quedarse corto. Empieza a vislumbrarse algo mucho más serio: la aparición de un torero importante. Uno de esos nombres que, cuando pisan una plaza, modifican la expectación del público. Y Nîmes, que tantas veces ha servido como termómetro del toreo grande, parece haberlo entendido antes que nadie.