Un gran Castella destempla con el acero el cante jondo del bravísimo ‘Cantaor’

El torero francés y el excepcional ejemplar de Victoriano del Río protagonizan lo más profundo y verdadero de lo que llevamos de San Isidro. La espada le privó de la Puerta Grande al diestro, con un toro de indulto en cualquier otra plaza.

Por David Jaramillo / Foto: Plaza 1

Madrid, 21 de mayo. 13ª de la Feria de San Isidro. “No hay billetes”. Toros de Victoriano del Río. 1º, deslucido; 2º, bueno pero limitado; 3º, de buen pitón izquierdo; 4º, ‘Cantaor’, de excelsa clase y bravura, premiado con la vuelta al ruedo; 5º, flojo; y 6º, noble. Sebastián Castella, silencio y vuelta tras dos avisos; Emilio de Justo, ovación tras aviso y silencio tras dos avisos; y Tomás Rufo, silencio y silencio tras aviso. 

A la última metió Sebastián Castella el descabello, soltó los trastos y se llevó las manos a la cara antes de besar la arena de Madrid y sentarse en el estribo a rumiar su pena, mientras ‘Cantaor’, el cuarto de la tarde, era ovacionado en una clamorosa vuelta al ruedo que premiaba tanta exhibición de bravura y excelencia. El francés salió de su letargo para besar al toro antes de que se lo llevaran al desolladero con las dos orejas puestas, esas que eran suyas, pero que el mal uso del acero le arrebató de las manos. Castella se había vaciado con él, soberbio. Ya vio su calidad en el capote, pero sobre todo en la prontitud y en la forma con la que empujó en el caballo. Y el explosivo inicio de muleta, tan de siempre en el francés, pero tan fresco cuando se le ve entregado sin reservas. Los naturales llegaron tras el alarde de cambios por la espalda sin solución de continuidad, intentando encauzar ese raudal impetuoso que fue ‘Cantaor’, siempre humillado, siempre queriendo más, siempre exigente: bravo, en todo el sentido de la palabra. Qué maravilla ver embestir así. ¡Qué ganadero es Victoriano del Río! 

Y Castella, generoso, le dio su sitio al toro, lo lució en la distancia, jugó los vuelos con sincera entrega, quedándose en el sitio en que aquello quema, para ofrecer la muleta muerta, ahí abajo, una y otra vez, con ambas manos, roto el torero, hundido en la arena, para conjugar el verbo torear con todas las letras. Un cambio de mano aún no termina. Y en las bernadinas del cierre no cabía ni el viento, ese que molestó, pero que no le importó nunca al torero. Qué pena la espada. Merecía el toreo de Sebastián su séptima Puerta Grande. Y lo merecía ‘Cantaor’, que se suma a esa camada eterna de toros de Victoriano que han hecho historia en esta plaza. Lo demás, simplemente, fue el resto. 

Ya fue costoso el primero, que sacó ese disparo y ese definirse a última hora para entrar en el embroque tan usual en la casa ganadera de la sierra madrileña. De hecho, fue desconcertante ver como el toro se frenó en seco antes de rematar en el primer burladero, distraído por un movimiento en el callejón, o cómo cuando cambio de objetivo hacia el caballo, habiéndose arrancado con decisión hacia los toreros en su sitio cubriendo la suerte de varas. Sin amagos en ambas ocasiones, explosivo. Así tiró al caballo al suelo de un primer zambombazo. Una media cerrando el saludo quedó como lo único que llevó el sello de la suavidad, lo demás fueron como latigazos, intentado, ya Castella con la muleta en la mano, limar tantas aristas. Lo cierto fue el toro tuvo fijeza, pero tardaba un mundo en entrar al trapo, soltando la cara después, díscolo y sin orden. Lo quiso imponer Sebastián, pero ni había remedio, ni la plaza parecía tener la paciencia para esperarlo. 

Tuvo, el segundo, las fuerzas justas para mover con buen tranco esa nobleza emotiva que ya enseñó en el capote, pero le faltaron justo en el momento en que Madrid y la faena estaban a punto de romper. Emilio de Justo lo sabía. Por eso no quiso quebrantar mucho en un inicio doblándose con el toro, pero llevándolo a media altura, a pesar de que siempre quiso sacar la cara por arriba en el final de los viajes. Fueron las dos siguientes tandas de derechazos las de más calado, por ritmo, ligazón y entidad, pero, lo dicho, justo cuando el ¡Olé! iba a ser unánime, el toro dobló las manos y esos dos muletazos contundentes que se esperaban, se quedaron en las gargantas. Una pena. A partir de ahí, el toro perdió gas y continuidad, y el extremeño con consiguió mantener el tono, siendo sorprendido en un par de arrancadas. Sí que logró, al final, otro derechazo, el más largo y templado de todos, como la promesa de lo que pudo ser. 

Fue Rufo, en el tercero, quien tuvo que ver cómo la impaciencia del público se hizo más latente. El toro traía también ese disparo en las primeras arrancadas, pero el mismo se fue menguando al tiempo que perdió el interés en la muleta del toledano tras el embroque por la derecha, después de una primera tanda en la que los pitones tocaron las telas en todos los muletazos. La verdad es que el de Victoriano no tomaba mal el engaño, pero parecía aburrirse en las salidas, sin vida. Mejores finales tuvo a izquierdas. Por ahí vino lo más redondo de Rufo, que tampoco lo fue tanto, pues faltó una serie rotunda de verdad. Solo un natural, más hondo que largo, despacioso y acompasado, quedo como instantánea ya difuminada. 

Después de la conmoción de Castella y ‘Cantaor’, todo contaba menos. El quinto, que no terminaba de sostenerse ni siquiera en esos desentendidos finales, impidió que Emilio de Justo se llevará un gusto más amable de la tarde. Y aunque el sexto tuvo también lo suyo, aun con ese puntito de quererse ir y de salir dormidito del embroque, embistió con intención, clase y repetición hasta que perdió el gas y el interés. Pero a Rufo no lo quieren ver y quizás haría falta un poco de rebeldía en él, porque tiene el don del temple en la mano izquierda, por donde le voló mejor la muleta, estirando los viajes del de Victoriano, aunque todas las voces se hubieran agotado cantándole al cuarto.

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