¿Aquí no se despeina nadie?

Nueva demostración de indolencia de Manzanares. Juan Ortega dice adiós a San Isidro sin fortuna ni claridad de ideas. Pablo Aguado se deja un toro vivo.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Madrid. 21 de mayo. 12ª de la Feria de San Isidro. “No hay billetes”. 2 toros de Puerto de San Lorenzo (1º y 3º); 2 de La Ventana de El Puerto (5º y 6º); 1 sobrero de José Vázquez (2º); y otro de El Freixo (4º). En general fueron nobles y deslucidos por su falta de poder. Con más opciones 4º y 6º. El 3º, noble y alegre, se rajó pronto. José María Manzanares, silencio en ambos; Juan Ortega, silencio en ambos; y Pablo Aguado, pitos tras tres avisos y aviso en ambos.

La tarde empezó mal y fue cada vez a peor, acabando el asunto con una sensación de hastío desesperante. De los titulares dos toros fueron devueltos y de los otros cuatro, uno de ellos también debió acabar en el gancho antes de la cuenta. Si a esto unimos que el primer sobrero, con el hierro de José Vázquez, tuvo aún menos fuerza que todos los anteriores y el presidente se lo tragó con papas, el balance ganadero del festejo es muy deficiente.

Sin embargo, el papelón de los toreros me atrevo a decir que fue peor. Tras pasar forzosamente inéditos Manzanares y Juan Ortega en los primeros (y flojísimos) toros de sus respectivos lotes, creíamos que la tarde se venía arriba con las dos primeras series de Pablo Aguado al primero de su lote, ligadas, armoniosas, gráciles y suaves. Pero tras rajarse el noble y alegre animal, y aperrearse el sevillano con el descabello, la historia acabó en tres avisos y toro al corral.

El segundo sobrero, que era de El Freixo, nos vino a confirmar una certeza: lo mejor que le podía pasar a Manzanares era que le tocara un inválido para disimular su lamentable indolencia, su escandalosa falta de ilusión. El toro propiedad de El Juli se movió bastante, no sobrado de clase pero con la nobleza y el brío suficientes para andar de otra manera. Cómo estará de amortizado José Mari que no se molestaron ni en pitarle.

Duele más lo de Ortega, del que yo siempre espero mucho pese a verle torear cada día que pasa con más carencia de alegría, quizá entristecido porque no le salen las cosas. El quinto fue un puntito bronco y además de quedarse corto hizo hilo. Muy a disgusto tras un formidable inicio por bajo, se fue a por la espada antes de la cuenta.

Para cerrar la grisácea historia de la tarde, el terciado, bravo, noble y flojo burraco que apareció en sexto lugar fue toreado muy irregularmente por Pablo Aguado, alternando muletazos cadenciosos, de muy buen aire, con demasiados enganchones. Antes, dos buenos lances y una bonita chicuelina compusieron el ¡único! quite que se vio en toda la corrida, síntoma inequívoco de que, aunque embista el mozo de espadas, sin la actitud debida no hay nada que hacer. Porque los toros no fueron perfectos pero… ¿aquí no se despeina nadie?


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