Fernando Adrián fue el enemigo

El madrileño, que volvió a Las Ventas tras su discutida puerta grande del día 15, fue recibido de uñas por una parte del público y se encontró con un importante toro de Fuente Ymbro. Sin eco las actuaciones de Perera y Ureña.

Por Alfonso Santiago / Foto: Plaza 1

Madrid. 17 de mayo. 9ª de la Feria de San Isidro. “No hay billetes”. 6 toros de Fuente Ymbro (6º, sobrero). Bien presentados y variados en su juego. Destacó el 3º, toro importante; se dejaron 4º y 5º; complicados el resto. Miguel Ángel Perera, silencio tras aviso y silencio; Paco Ureña, ovación tras aviso y silencio tras aviso; Fernando Adrián, ovación y silencio tras aviso.

Los toros lucieron divisa negra en señal de luto por la muerte días pasados de Alfonso Vázquez, mayoral de la ganadería. Saludaron en banderillas Ángel Otero, Daniel Duarte y Vicente Herrera.

 

La Puerta Grande de Fernando Adrián del pasado día de San Isidro le pesó como una losa en este su retorno a Las Ventas. Dio la impresión, por las protestas constantes y las no pocas recriminaciones desde varios sectores de la plaza, que el madrileño representaba el enemigo a batir. Ese ambiente hostil provocó la reacción contraria en otros tendidos, por lo que el ambiente se enturbio más si cabe. Unos no querían nada de Adrián y otros, como reacción, sí empujaban al torero.

Pero para facilitarle las cosas Adrián tuvo la suerte de encontrarse de nuevo con un gran toro, el tercero, importante de verdad por su humillación, su entrega y su clase. Por tipo, además, fue el más armónico dentro de la tremenda seriedad que tuvo el encierro de Ricardo Gallardo. Ese “Adulador” vino a decirle a Fernando que sí él estaba dispuesto de verdad, sus embestidas le iban a ayudar a tapar unas cuantas bocas. Nada más verle embestir en la muleta de esa manera, los aspavientos de los contrarios se hicieron más ruidosos.

Y la faena, planteada no sabemos por qué en el tercio, cuando la brava condición del toro pedía verle más en los medios, tuvo momentos buenos, sobre todo, cuando Fernando intentó asentarse con un pulso distinto a la trepidante actuación del día anterior. Pese a todo, la categoría del “fuenteymbro” terminó pesando más conforme lo iba pasando por uno y otro pitón. Los enemigos no le perdonaron una y los otros no encontraron argumentos finales para sacar los pañuelos después de un pinchazo y una casi entera que enfrió los ánimos. Adrián estuvo bien, pero debió estar muchísimo mejor ante la categoría que demostró el de Gallardo.

El sexto volvió a los corrales para dar suelta a un sobrero de la misma ganadería. Un toro mastodóntico con dos petacos por delante que se llevó una ovación de los que gustan de estas hechuras jurásicas. Lo que llevaba dentro el animalito estuvo acorde con la agresividad que, con su sola presencia, ya transmitía. Adrián estuvo valiente hasta donde pudo, porque llegado un momento, y tardó muy poco tiempo en demostrarlo el toro, lo que de verdad quería coger no era precisamente la muleta. A Fernando Adrián le resta la de Victorino Martín para convencer a todo el mundo. De lo contrario, la enemiga seguirá vigente.

Sus dos compañeros de terna, curtidos ya en mil batallas, libradas muchas de ellas en esta misma plaza, no terminaron tampoco de encontrar eco en los tendidos. A Perera no le puso las cosas fáciles el que abrió tarde, por su constante cabeceo, por su gazapeo, por su bruta manera de seguir el camino que le intentaba marcar el extremeño. No era para estar cómodo el toro, pero a Perera, quizá, se le notó mucho esa incomodidad. Otro son muy diferente mostró el cuarto, de ahí que Miguel Ángel se decidiera a brindarlo al público. Pero su larga labor, con algunos buenos momentos, se fue diluyendo lentamente.

A Paco Ureña también le tocó hacer un esfuerzo con el segundo, mostrando  paciencia para consentirle cabezazos y protestas con el único fin de robarle los muletazos. Lo cierto es que pocas veces pudo ligarlos, pero el murciano entendió que, de uno en uno, sobre todo con la zurda, sí se los iba a sacar. Digno de verdad Ureña. Toreó bien de salida con el capote al quinto, un toro manejable con el que quiso también, aunque la cosa terminó de más a menos. Y ya se sabe que, en el toreo, el orden de estos factores casi siempre altera el producto.

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