El poder natural de Álvaro Serrano deslumbra en Las Ventas

El colmenareño firma lo más rotundo de una tarde accidentada en la que el banderillero Raúl Ruiz sufrió la cara más dura de un encierro de escaso juego

Por David Jaramillo / Foto: Plaza 1

Ficha: Madrid. 1 de mayo. Novillos de Guerrero y Carpinero, Caras Blancas de Carpio, Hnos. Sandoval, Toros de Ayuso, Ángel Luis Peña y El Retamar, de distintos remates y hechuras. En general resultaron mansos y deslucidos. David López, silencio y silencio. Álvaro Serrano, ovación y ovación tras dos avisos. Joel Ramírez, ovación y silencio tras aviso. Álvaro Serrano y Joel Ramírez se presentaron con "Cigarrero Nomad", nº 8, de Caras Blancas de Carpio, y "Molinero", nº 77, de Hnos. Sandoval, respectivamente. Parte médico: El banderillero Raúl Ruiz sufrió una "herida por asta de toro con orificio de entrada en cara interna 1/3 medio muslo derecho con una trayectoria hacia fuera de 25 cm, que contusiona arteria femoral y produce destrozos en músculos aductores, vasto interno y recto anterior con orificio de salida en cara externa 1/3 medio muslo derecho. Es intervenido quirúrgicamente bajo anestesia general en la enfermería de la plaza y trasladado a la Clinica la Fraternidad Muprespa-Habana. Pronóstico grave".

La festividad más castiza de la capital arrancó en Las Ventas con una propuesta que, sobre el papel, encajaba a la perfección con el espíritu del Dos de Mayo: un escaparate para los nuevos valores locales frente a utreros criados en las dehesas de la región. Sin embargo, en el toreo la lógica promocional suele chocar con la realidad del animal, y la jornada resultó ser un trayecto accidentado, de escaso brillo ganadero, donde la ilusión de los actuantes tuvo que abrirse paso entre sustos y embestidas defensivas. A pesar de los contratiempos, y del grave percance sufrido por el banderillero Raúl Ruiz, el balance dejó nombres propios que justifican la apuesta y la excelente entrada. 

David López se enfrentó a un primer novillo que salió con chispa pero que pronto delató sus carencias al derrotar con mal estilo en las telas. El de Colmenar Viejo anduvo inteligente, administrando con delicadeza la escasa fuerza del de Guerrero y Carpintero y dándole la distancia justa para que la inercia maquillara la falta de motor. Cuando la faena agonizaba, el riesgo se hizo presente en un encuentro con la espada donde López fue prendido de forma dramática por la pierna; un lance angustioso que, por fortuna, no tuvo consecuencias. Mucho más curtido tuvo que mostrarse en el cuarto, un ejemplar que por cuajo y sentido pareció tener más edad de la reglamentaria. Ante un animal que medía cada paso y buscaba siempre el cuerpo, López decidió no alargar un esfuerzo que no iba a tener recompensa. 

La gran noticia de la tarde fue Álvaro Serrano. El segundo, uno de los llamativos caras blancas, traía el interés del público de serie por su estampa, pero su comportamiento fue una mezcla de mansedumbre y falta de raza. Serrano lo descifró con una clarividencia impropia de un principiante: lo fijó, lo llevó embebido en la muleta y evitó que se desentendiera a base de mando y oportunísimos toques con la voz. Fue una labor de dominio técnico por encima de cualquier adorno. Pese a la estocada (al segundo intento), el palco fue reacio a otorgar un trofeo que el propio novillero declinó compensar con una vuelta al ruedo ante la mínima protesta. Pero lo más serio llegó en el quinto. Ante un manso con hechuras miureñas que huyó de la pelea en varas, Serrano impuso su ley con una autoridad asombrosa. Sometió cada arrancada con firmeza, bajando la mano y obligando al animal hasta convertir la huida en embestida. Hubo naturales y un trincherazo de una categoría superior que olían a oreja de ley, de no haber sido por el fallo con los aceros. Serrano se marchó sin trofeos, pero con la sensación de ser el nombre más sólido del escalafón menor de lo visto en Madrid hasta ahora en la temporada. 

El resto de la función estuvo marcada por la aspereza. Joel Ramírez se estrelló contra un tercero que sólo buscaba la salida, ante el que se justificó con un tesón admirable y una estocada que le costó una voltereta fortísima. El drama real llegó en el sexto, cuando el banderillero Raúl Ruiz fue cazado sin remisión al intentar prender el tercer par, sufriendo una cornada en el muslo. Ramírez, herido en el orgullo, le brindó la muerte del novillo antes de iniciar su labor de rodillas, un gesto de entrega absoluta. Aunque el animal empezó a quedarse corto y a colarse con peligro, el madrileño mantuvo el pulso y la firmeza, tragando lo que el de la tierra le planteaba sin ceder un centímetro. Lástima que el mal uso de la espada empañara un final de tarde donde, a pesar de los traspiés y la sangre, la seriedad de los novilleros fue el mejor homenaje al carácter castizo de la feria.

Anterior
Anterior

Morante decide el lunes y Roca Rey apunta a San Isidro

Siguiente
Siguiente

Instantes en la Maestranza, por Mauricio Berho