Puerta Grande para un soberbio Álvaro Serrano

El madrileño rinde sin fisuras a Las Ventas en una tarde en la que también destacó la seria y encastada novillada de Montealto.

Por Alfonso Santiago / Foto: Plaza 1

Madrid, 11 de mayo. 4ª de la Feria de San Isidro. Tres cuartos de entrada, con lluvia en el cuarto de la tarde. 6 novillos de Montealto, bien presentados, de buen juego en general por su encastado comportamiento. Destacó el bravo 6º, al que se le pidió la vuelta al ruedo. Tomás Bastos, silencio tras aviso en ambos; Martín Morilla, silencio y silencio; y Álvaro Serrano, oreja con petición de la segunda y oreja tras dos avisos. Salió por la Puerta Grande.

Martín Morilla hizo su presentación en esta plaza. Gran brega de Iván García y buen tercio de varas de Héctor Vicente.

Un golpe de autoridad en toda regla. Así de rotundo fue el éxito de Álvaro Serrano. Y así se vivió en todo momento su actuación, en la que dejó muy claro que quiere ser gente, que quiere emocionar dejándose pasar muy cerca las embestidas, que quiere hacer las cosas muy de verdad. Lo demostró en una tarde pletórica y casi redonda, pues si tuvo fuerza su primera faena, más hondo caló aún la que le hizo al sexto, al que no le cortó las dos orejas por el enredo y la fatalidad de levantar el puntillero por dos veces al novillo, lo que llevó a la demora y al sonar de dos avisos. Luego, el presidente tardó una eternidad en asomar el primer pañuelo, por lo que no hubo tiempo para que el público pidiese el segundo trofeo. Lo mismo que desatendió la fuerte petición de vuelta al ruedo al bravo “Molinero” de Montealto.

Nada de ello supuso mácula alguna para la redonda actuación de Serrano, que ya desde que se hizo presente para quitar por chicuelinas en el primer novillo de Martín Morilla, dejó claro que la tarde iba a girar en torno suyo. No se dio tregua, y nada más aparecer el tercero fijó la embestida con varios lances rodilla en tierra, para luego torear muy bien a la verónica y rematar con una media a pies juntos. Otro buen quite por ese mismo palo, antes de que Tomás Bastos entrase en turno por gaoneras, a las que Álvaro dio repuesta por ajustadísimos delantales, rematados con una profunda larga. Como a sus dos compañeros, a Serrano también le molestó el viento, pero con su actitud y su firmeza pareció no echarle cuentas y embebió en su muleta la encastada y no fácil embestida, pero sí agradecida, pues cuando Álvaro lo llevó en la mano con autoridad, el utrero embistió con el mismo nervio, pero también con más entrega. Ni un palmo de terreno cedió Serrano para ligar el toreo por ambas manos, apretándose con valor y firmeza en los embroques. Faena intensa, emocionante, a más, de una enorme sinceridad, rematada con una buena estocada en la que se tiró a matar sí o sí. Y cayó una oreja de peso.

Estaba claro que su objetivo no era otro que el de empujar la Puerta Grande. Lo tenía en la mano y no se le escapó. Aún mejor, más redondo y profundo se mostró en el sexto. Bravo novillo al que picó superiormente Héctor Vicente y al que Serrano cuajó de principio a fin. Desde el comienzo doblándose por bajo para ligar un ayudado por bajo y uno del desprecio que hicieron rugir Madrid, hasta el final de faena a dos manos cuando los olés habían sonado con esa fuerza desbordante y única que tienen en esta plaza. Tres tandas en redondo de mano baja, cortadas por el mismo patrón de sinceridad y de pureza a la hora traer enganchada la embestida y rematarla muy hacia atrás. Ese patrón simple, pero con el que, si eres capaz, como Serrano lo fue, haces crujir las plazas.

Me atrevería a decir que aún toreó mejor al natural. Medido en el metraje, e insistiendo en la intensidad, la faena del novillero madrileño fue perfecta. No se le podía escapar y no lo hizo, tirándose otra vez en rectitud y con agallas. Luego vinieron los momentos de angustia que contábamos al principio de estas líneas, sonando los avisos, sin doblar el novillo, pero un certero golpe final del verduguillo le abrió las puertas de la gloria.

Los otros cuatro capítulos de la tarde se vivieron con otra distancia, con otra medida, con otro desinterés. Y no por la raza que demostraron los utreros, sino porque ni Tomás Bastos ni Martín Morilla estaban llamados hoy a ser los protagonistas. El portugués mostró su depurado concepto y su mucho oficio, y no escatimó esfuerzo, pero el viento y en ocasiones la falta de pulso para gobernar al que abrió plaza, y lo que había pesado la actuación de Serrano antes de lidiar Tomás el cuarto, dejaron su actuación en sendos silencios.

Y el debutante Martín Morilla, la verdad, dijo poco en sus dos largas faenas. Al final se llevaron a hombros a Álvaro Serrano y nos marchamos de la plaza con la satisfacción de haber visto a un novillero valiente, inteligente y muy capaz que, por encima de expresiones estéticas o conceptos del toreo, lo que quiere es torear muy de verdad. Bienvenido.

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