Sin bravura ni belleza

Desastrosa corrida de Partido de Resina en la que destaca Antonio Ferrera. Calita también dejó algunos muletazos estimables. Colombo, incapaz de banderillear al sexto de la tarde.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Madrid. 13 de mayo. 5ª de la Feria de San Isidro. Tres cuartos de entrada. 6 toros de Partido de Resina, desiguales de presencia y de escasísimo juego por su falta de raza. Antonio Ferrera, silencio y ovación tras aviso; Calita, silencio y silencio; y Jesús Enrique Colombo, silencio tras aviso y pitos.


Del toro de Pablo Romero, el más bonito del campo bravo, sólo hubiéramos pedido que conservara su estampa, mas ni eso le queda ya a estas alturas. De los seis que llegaron a Madrid, apenas los dos primeros tuvieron la belleza que les dio fama, y ninguno su movilidad y bravura. El espectáculo pasó de la ilusión a la desesperanza, y de ésta al sopor. La gente pitaba a los toreros, pero yo creo que para que acabaran con aquello cuanto antes.

Pese a todo, Antonio Ferrera y Calita hicieron sendas faenas estimables. Yo le tengo un respeto enorme a Ferrera que sería mayor si no usara como capote el forro de la capa del Conde Drácula, pero como veo que es un caso perdido, ya ni me molesto. Me gustó mucho Antonio con el cuarto toro, bregando bien con él de capote, dejándolo en el caballo con recortes muy toreros, aunque luego el toro saliera del peto aún más rápido de lo que entró. Hubo ramalazos de hondura en su inesperada y magistral faena, siempre bien colocado y dispuesto, y pasándose los pitones junto a su cuerpo de cincuenta años y casi las mismas cornadas mientras encelaba al manso en los vuelos de su muleta. Sus naturales, ya con el sabor de los toreros veteranos, los contemplé con una sonrisa de admiración.

Tampoco anduvo mal el mexicano Calita con el muy basto quinto, que de los pablorromeros antiguos sólo tenía su pelo cárdeno. Con un cite muy frontal y un embroque personalísimo, fue capaz de arrancar unos muletazos de buen estilo. Mató además por arriba, aunque con una ejecución poco ortodoxa. El primero de su lote apenas seguía la muleta, y más o menos lo mismo le sucedió al primero de la tarde, que lidió con oficio Ferrera. Estos dos ejemplares sí estaban dentro de la morfología típica de la casa, y en el polo apuesto, el tercero de la tarde parecía cualquier cosa menos un toro de Partido de Resina.

Con él, Jesús Enrique Colombo no se lució ni siquiera en banderillas o con la espada, sus dos principales armas, pero dentro de lo que cabe todo discurrió con normalidad. El mitin llegó en el sexto, un toro que, como varios de sus hermanos, esperó una barbaridad en banderillas, y frente al cuál Colombo fue incapaz de poner un solo palo. Así las cosas, y después de un buen número de pasadas en falso, mandó a su cuadrilla a que se comiera el marrón, decisión impropia de un torero con fama de atlético y poderoso, pero sin los recursos suficientes, o sea, sin los conocimientos, para banderillear de otra forma distinta a la habitual. Cuando digo que el toreo no es un deporte, lo digo por algo.

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