Lujo de Mayalde

Gran corrida del Conde de Mayalde, con un toro extraordinario al que le cortó la oreja Román. Pésima suerte para David Galván con dos sobreros de Bohórquez sin hechuras ni estilo.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Madrid. 10 de mayo. 3ª de la Feria de San Isidro. Más de tres cuartos de entrada. 4 toros del Conde de Mayalde, impecables de presencia y de excelente juego destacando el 4º, extraordinario. Y 2 sobreros de Fermín Bohórquez (1º y 6º), destartalados. David Galván, ovación tras aviso y ovación; Román, silencio tras aviso y oreja tras aviso; y Gonzalo Caballero, silencio tras aviso y silencio.

David Galván fue atendido en la enfermería de un puntazo en la zona lumbar, por lo cual se corrió turno y mató 1º y 6º.

Saludaron en banderillas Ángel Gómez e Iván García, también soberbio en la brega.

Era el escenario soñado, una plaza sorprendentemente paciente cuando no cariñosa y cuatro toros del Conde de Mayalde de lujosas hechuras y excelente juego, siendo el cuarto de la tarde sencillamente extraordinario. Frente a ellos y apoyados por el público, dos toreros machacados a cornadas, dueños de una voluntad de hierro, mas carentes de cualquier connotación estética y limitados técnicamente, en el caso de Gonzalo Caballero hasta extremos llamativos.

Al otro, Román Collado, le he visto por ejemplo en esta misma plaza fajarse con toros duros y me ha encantado, pero a su toreo poderoso y retorcido se le ven las costuras (a él, y a medio escalafón) cuando le sale un toro como el cuarto de la tarde, "Enarbolado" de nombre, y con el hierro del Conde de Mayalde, posiblemente el toro de la feria aunque quede todo San Isidro por delante.

Bajo de agujas como todos sus hermanos y muy bien armado, llevaba la gloria en sus pitones. Román lo citó de largo para lucir su galope y para lucirse él, dejándole la muleta puesta por delante y aprovechando su alegría y recorrido para torearlo con quietud y entrega en varias series ligadas, vibrantes, pero en las que se veía muchísimo más embestir que torear. No era sólo la fijeza, el galope y el recorrido, sino además la calidad superlativa de "Enarbolado" abriéndose de forma escandalosa en la muleta de Román, y en particular con un pitón izquierdo de locura. Un natural con la figura erguida y un par de redondos templados sobresalieron en un trasteo abundante, despegadillo, con un epílogo amontonado pero bien rubricado de estocada arriba recibiendo. Oreja justa para el torero pues dio todo lo que tenía, y gran ovación para el toro en el arrastre. Bien mirado, mereció el indulto.

Su primero, tan bonito que parecía más para Sevilla que para Madrid, embistió con magnífico estilo mientras Román planteó la faena bien fuera de las rayas. Sorprendentemente, una vez que el animal marcó un poquito su tendencia a tablas no intentó volver a abrirlo, y lo toreó no sólo cada vez más cerrado, sino incluso cruzado con respecto a la línea de las tablas. Después de veinte embestidas notables y otros tantos pases de escaso acople, el animal se aburrió.

Román empeoró a este primer toro suyo, y Gonzalo a los dos de su lote, uno bueno y el otro mejor. Anduvo delante de ellos firme de plantas pero escaso de todo lo demás. Le sobra muleta, la pone acuchillada con la derecha, no remata un pase por abajo con la izquierda y el pulso para conducir las embestidas es nulo. Con la espada no arregló las cosas.

Abría plaza David Galván, el único espada de la terna dotado artística y técnicamente para dar respuesta a las excelencias de los toros del Conde de Mayalde, pero los dos se los echaron para atrás por flojos y en su lugar salieron sendos tanques de Fermín Bohórquez que, observados y comparados con los de Mayalde, provocaban dolor de ojos. Los lidió David en primer y sexto lugar, pues se corrió turno para que saliera de la enfermería tras una cogida en un quite por chicuelinas al primer toro de Caballero, de la que salió con un puntazo en la espalda. Antes, en medio de un vendaval, había cuajado los naturales de más enjundia y mérito de la tarde frente a un galafate imponente que sin embargo se dejó torear, en buena parte gracias al torero que tuvo delante; y luego, volvió a estar por encima del buey que el destino le tenía guardado para cuando saliera de la enfermería. Perdónenme, pero la (mala) suerte sí existe.

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