Un enorme Talavante inmortaliza al gran “Ganador”

Séptima Puerta Grande del extremeño tras una inmensa faena a un grandioso toro de Núñez del Cuvillo premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Seria confirmación de alternativa de Tristán Barroso.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Madrid. 8 de mayo. 1ª de la Feria de San Isidro. “No hay billetes”. Toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de remate, bien armados y de gran juego en la muleta excepto 2º y 3º. El extraordinario 4º, de nombre “Ganador”, fue premiado con la vuelta al ruedo. Muy noble y templado el 1º. Fieros 5º y 6º. Alejandro Talavante, silencio tras aviso y dos orejas. Salió por la Puerta Grande. Juan Ortega, silencio en ambos, con aviso en su segundo. Tristán Barroso, que confirmaba la alternativa, silencio tras dos avisos y aplausos de despedida.

Tristán Barroso confirmó alternativa con el 224 “Ventoso”, colorao ojo de perdiz, de 528 kilos.

San Isidro se abrió con una confirmación de alternativa, la de Tristán Barroso de manos de Alejandro Talavante, que le cedió los trastos para lidiar a "Ventoso", un toro fijo, noble y templado.  Barroso pisa firme y se relaja poco. Tres series en redondo desde la larga distancia, la primera de rodillas, fue lo mejor que hizo, toreando con ligazón y asentamiento. Después acortó el terreno para torear con la izquierda y ya, sin inercias, cortó mucho las tandas buscando la colocación, demasiado premioso. Muy a gusto pero sin hilvanar los pases y sin llegar arriba. Sonó un aviso toreando por bernadinas y el segundo tras un bajonazo a la segunda. Tampoco acertó con el descabello.

Pero su toreo de ataque y poderío casó mejor con la raza del último toro de la gran corrida de Núñez del Cuvillo. Éste que cerró plaza era bajo y abierto de cara, y sirvió para medir con más exactitud la capacidad del chaval, que se arrimó tanto o más que con el otro sin importarle su temperamento. De rodillas con cambios por la espalda comenzó su seria faena, pero el toro respondió a su osadía volteándolo de mala forma y buscándolo en el suelo, por suerte sin hacer carne. Repuesto y a por todas, lo sometió Tristán con la mano muy baja, enterrado en la arena, respondiendo con entrega y ambición a la casta de su enemigo. De nuevo con la izquierda pecó de interrumpir las series y vender demasiado el acto de cruzarse, pero ahora sí con la gente a favor, mantuvo el diapasón con unos naturales de gran ajuste antes de volver a la diestra y cuajar cinco y el de pecho arrastrando la muleta, destroncando a un oponente fuerte y bravo. Pero Tristán Barroso no sabe matar, entra metiendo descaradamente el hombro izquierdo, y así perdió después de varios pinchazos una oreja de ley.

A estas alturas ya había puesto la plaza patas arriba Alejandro Talavante tras su colosal faena al toro “Ganador”, pero antes, quizá a modo de brillante prólogo al zambombazo, le había hecho un ceñidísimo quite por gaoneras al toro de la confirmación de Barroso. Imposibilitado ante un primero incómodo y deslucido, aguardó su turno hasta la salida de ese excelente colorao cinqueño a la postre inmortalizado por el extremeño.

Más hondo y alto que sus hermanos, pero proporcionado y armónico de cara, tuvo una salida fría, se empleó poco en varas y llegó venido arriba al último tercio, derrochando alegría y nobleza a partes iguales. Lidiado impecablemente por Javier Ambel después de un suave quite por chicuelinas de Juan Ortega, Talavante pidió que lo dejaran entre las dos rayas y lo citó a pies juntos para comenzar su recital.

Por estatutarios ligados a un elegante toreo ayudado calibró la clase del toro antes de darle distancia y cuajar seis tandas, seis, de un acople asombroso desde el primer muletazo. Con la pierna contraria por delante, ofreciendo el medio pecho, preciso en los toques, los vuelos dibujando una media luna, el torero bien colocado, la muleta puesta en su sitio, el pulso exquisito, la sutileza de sus muñecas gobernando a placer las embestidas, rebosantes de clase y entrega. Así respondió un inmenso Talavante a un toro de bandera.

Porque a "Ganador", el maravilloso toro de Núñez del Cuvillo, no es que fuera difícil pegarle pases, pero para estar a su altura había que ser un torero de los grandes. Dos series de toreo clásico y hondo con la diestra, abrochadas ambas con mágicos cambios de mano reduciendo la embestida, enroscándose el toro en torno a su cintura, consumados al abrirse el vuelo y liberar la embestida, para volver a recogerla en abrochados pases de pecho.

Otros dos tandas ahora de portentosos naturales cosido el toro a la bamba de la franela, que se deslizaba lenta y rítmica, inalcanzable para el animal, que la perseguía con la entrega que sólo tienen los toros de vacas. Talavante toreaba muy derecho pero flexible, sin envaramientos, con la muñeca suelta, y con una insólita mezcla de soltura y ajuste, de naturalidad y dominio, de facilidad y hondura. Magistral.

Su último ramillete de pases en redondo fue cumbre, fundido con el toro, con la muleta planchada, pareciendo ambos dueños de una misma voluntad. Y como rúbrica, más naturales de cante grande y unos ayudados finales antes de estocada levemente desprendida pero de ejecución lenta y limpia, la firma a una obra memorable. La que merecía también un toro excelso al que su matador besó al pasar a su lado ya sin vida, arrastrado por las mulillas en una póstuma y merecidísima vuelta al ruedo.

Pero en toda apoteosis hay efectos colaterales, y éstos recayeron en la figura de Juan Ortega. Porque el quinto, jabonero, suelto de carnes, tan alegre como el otro pero con más fiereza, e inevitablemente, con menos clase, llegó al tercio de muerte pidiendo credenciales. En un quite demasiado largo por gaoneras se la jugó Tristán Barroso, y de algún modo hizo ver al público que el toro tenía faena. Ortega lo sometió por abajo en unos doblones torerísimos, y luego le dio dos series meritorias y asfixiantes con la derecha mientras el toro se comía la muleta y comenzaba ya a tropezarla, gran mácula de su labor.

Porque, empecinado en imponer su ritmo al del toro, se dejó enganchar demasiado en los siguientes pases, ahora al natural, y con la gente ya tomando partido por la fogosidad del jabonero, quiso remontar de vuelta a la diestra, pero no le fue posible. Su primero, estrábico y feble, no tuvo opciones, pero éste jabonero le ha hecho daño. Juan empieza a necesitar con urgencia cuajar un toro en Sevilla o en Madrid. Mientras no pocos claman por su retirada, Talavante ha cruzado hoy la Puerta Grande de Las Ventas. Por séptima vez.


Anterior
Anterior

Pepe Martínez-Conradi: “Cuando Madrid se entrega es la gloria”

Siguiente
Siguiente

ONETORO ultima sus próximas retransmisiones