Manuel Escribano se saca la espina
El diestro de Gerena corta una oreja tras una templada faena y después de habérsela jugado en banderillas. Notable actuación de Román con el mejor toro de una discreta corrida de Miura. Otra gran entrada para cerrar la Feria de Sevilla.
Por Álvaro Acevedo / Fotos: Mauricio Berho
Sevilla. Domingo, 26 de abril. Más de tres cuartos de entrada. 6 toros de Miura, el 2º como sobrero, en general muy blandos y de embestidas defensivas excepto el 3º, pronto y noble; y el 4º, noble pero flojísimo de remos. 5º y 6º, con peligro. Manuel Escribano, ovación y oreja; Pepe Moral, silencio en su lote; y Román, ovación y ovación.
Manuel Escribano, acostumbrado a triunfar en Sevilla, pasó en blanco en los dos compromisos que precedían al de hoy, el de los victorinos de este año y la última miurada de 2025, en la que además pasó un mal rato con los aceros. Digamos que había cuentas pendientes con la fortuna y quizá consigo mismo, y salió a la plaza dispuesto a saldarlas.
Fiel a su costumbre -es peligroso normalizar este tipo de apuestas- recibió a sus dos toros a portagayola, y lo hizo librando ambos trances con su sangre fría habitual. Banderilleó con facultades y eficacia en ambos toros, hasta que en el último decidió tirar la moneda al aire y jugarse la vida en un par al quiebro pegado a las tablas. Salió cara como podría haber salido lo contrario.
Su primer toro no tuvo raza para seguir la muleta y ni siquiera para coger al torero. A sus cortas embestidas, a sus continuas tarascadas, respondió Manuel con todo tipo de resortes técnicos para medio hacer pasar al toro, e incluso para alargar sus arrancadas defensivas. Muy profesional, esperó a su último cartucho para cambiar el sino de la tarde y de su feria en particular.
Porque el cuarto, noblón pero de embestida pajuna, pedía pulso y poco sometimiento, y Escribano lo vio pronto. Después de enganchar a la gente con unos cambios por la espalda en el centro del platillo, llevó al animal cosido a su muleta, que se movía suave, sin tirones, para asentar de patas a un animal flojísimo y que, pese a la templanza de su lidiador, rodó varias veces por la arena. De evidente nobleza, el toro tuvo duración, la faena fue creciendo e incluso sonó la música. Y como además Escribano mató de una estocada sin puntilla, a sus manos fue a parar la única oreja de la tarde tras petición abrumadora.
Al toro lo ovacionaron en el arrastre pese a su flagrante invalidez, pero el que valió de verdad fue el anterior, que cayó en el lote de Román. Me entusiasmó el valenciano por su quietud y claridad de ideas. Citando a buena distancia, lució el galope del toro, que se arrancó alegre y fijo, y se explayó en una labor llena de mando y ligazón, por momentos muy templada, sin fisuras ni altibajos. De los veinte pases que tuvo el toro, Román no desaprovechó ni uno, pero pinchó hasta tres veces perdiendo la oreja que hubiera conquistado de matar como lo hizo tras su digna faena al peligroso sexto.
También desarrollaron malas intenciones los dos toros de Pepe Moral, el gigantesco y flojo sobrero que lidió en segundo turno; y el poderoso quinto. A ambos y al que le echaron para atrás por inválido los recibió con sendas largas cambiadas, pero de tal esfuerzo se obtiene poca o ninguna recompensa si luego los toros no tienen un pase con la muleta. Y éstos no lo tenían, aunque alguno quiso que les pegara naturales.